Importar o no importar

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com



¿Son las importaciones malas para la economía de un país? ¿Se justifica demonizarlas como lo hacen los populistas?

Comencemos con un ejemplo clásico tomado de los libros. Una persona es a la vez la mejor abogada y la mejor mecanógrafa. Como abogada gana quinientos dólares la hora, y prescindiendo de la secretaria se ahorra cuarenta dólares la hora y le toma tres horas hacer este trabajo. La racionalidad dicta que esta persona debe dedicarse únicamente a la abogacía y contratar una secretaria, aunque no sea tan buena como ella. Especializarse en la actividad que tiene mayor valor agregado es lo que le genera mayores beneficios netos.

Otro ejemplo. Las personas podrían en teoría hacer todo lo que necesitan. Para hacer ropa se cultiva el algodón y se hace todo el proceso hasta obtener los vestidos, y así con cada cosa. Es fácil apreciar lo ineficiente, costoso y doloroso de esto; consecuentemente, compramos lo que necesitamos y nos dedicamos profesionalmente a aquello que sabemos hacer mejor y que nos genera más ingresos. Igual sucede con los países, los cuales tienden a especializarse en la producción de aquellos bienes y servicios que les generan mayor valor. Adquirir de otros países aquello en lo que no se es competitivo es lo que llamamos importación. En otras palabras, la importación permite optimizar la utilización de los escasos recursos internos, empleándolos en aquellas actividades productivas donde tenemos ventajas comparativas o competitivas. Importar es bueno porque nos permite producir, indirectamente vía tercerización, aquello que no sabemos o no podemos producir eficientemente.

¿Por qué la demonización de las importaciones? Es la reacción visceral e ilógica al desbalance resultante de exportar materias primas e importar bienes finales o terminados. Los términos de intercambio comercial, generalmente, conllevan a que el país exportador de materias primas tenga una balanza comercial deficitaria con el país del cual importa bienes terminados o servicios. Hay que entender que incluso con una balanza comercial deficitaria, el país que está en desventaja está haciendo el uso más óptimo y racional de sus recursos. La ideologización y politización de este tema el siglo pasado en América Latina por parte de la izquierda se tradujo en políticas económicas e intervenciones desastrosas de los gobiernos de la época haciendo, desde entonces, extremadamente difícil corregir el rumbo del desarrollo en la región.

Extremadamente difícil porque se comprometieron recursos cuantiosos que generan empleos; este desastre incluso causó las crisis de deudas externas en la región. Nos referimos a las políticas de sustitución de importaciones. Ejemplo concreto. Colombia importaba acero, y decidimos que para no importar más acero tendríamos nuestra propia industria acerera, y no metimos a hacer algo que no podemos ni sabemos hacer bien ni en la escala requerida para darnos ventajas competitivas. Y así con algunas otras industrias. Como son industrias que por sí mismas son inviables entonces requieren permanentemente subsidios –uso ineficiente de recursos- y protección arancelaria. Lo lógico e inteligente es dejarlas morir y optimizar el uso de los recursos que ocupan, a menos que sean industrias vitales para la seguridad nacional.

La solución al tema del déficit estructural de la balanza comercial no es demonizar las importaciones sino transformar la economía para que los bienes terminados y servicios, y no las materias primas, sean el componente más grande de nuestra oferta exportable. Los abundantes recursos naturales dan a los países ventajas comparativas que no son transferibles; lo cual da lugar a industrias extractivas. Las ventajas competitivas si son transferibles, pueden ser adquiridas y no dependen de los recursos naturales; es decir, son la capacidad de agregar valor en el proceso de transformación de las materias primas. En otros términos, debemos invertir los recursos generados por las ventajas comparativas en adquirir ventajas competitivas. Ejemplo de esto Dubái.

En síntesis, la demonización que hace la izquierda de las importaciones es demagogia y nacionalismo insensato. Un absurdo que suena bonito.


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