El mito de “los de antes” se desvanece

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Escrito por:

Veruzka Aarón Torregrosa

Veruzka Aarón Torregrosa

Columna: Opinión

e-mail: veruzkaaaron.t@gmail.com

Twitter: @veruzkaaaron


El último reporte del Dane frente al índice de pobreza en Colombia, ubica a la ciudad de Santa Marta, como la tercera con mayor pobreza extrema en el país. Santa Marta, pasó de tener 67.239 habitantes en esta condición durante el año 2019 a tener 117.103 en el 2020. Es decir, un aumento de la pobreza extrema del 74%. El nivel de pobreza monetaria de la ciudad se incrementó de 219.752 personas en el año 2019 a 279.642 en el 2020, lo que significó un aumento del 27%.

La precariedad de los anteriores indicadores es apenas un síntoma de la cruda realidad que padecen miles de familias en la ciudad, pues su materialización se traduce entre otros aspectos, en desempleo (15.8%), informalidad (66,1%) y hambre (48,9% de los hogares samarios ha dejado de comer las tres veces al día durante la época de pandemia).

Aunque el fuerte impacto de la pandemia sobre las condiciones locales es innegable y las cifras citadas lo confirman, lo cierto es que hoy lo que le pasa factura a la ciudad, es la histórica negligencia de los gobiernos frente a su obligación de solucionar los problemas prioritarios del territorio. Crisis como la del agua, el deficiente sistema de alcantarillado, el deterioro del sistema vial y de movilidad urbana, la perdida de espacio público, el déficit de vivienda, la informalidad laboral, han coartado impunemente el potencial de desarrollo de Santa Marta.

En este prolongado proceso de deterioro de la calidad de vida y de los niveles de competitividad de la ciudad, han incidido, además, factores como la corrupción presente tanto el sector público como el privado, la miope visión de desarrollo territorial de líderes y representantes políticos, cívicos y gremiales; pero en mayor medida, la indiferencia crónica y la falta de memoria para castigar las responsabilidades políticas y penales frente a la errática gestión pública local. Este contexto, ha sido propicio para la llegada de liderazgos políticos que han capitalizado electoralmente la insatisfacción ciudadana, sin embargo, han sido incapaces de avanzar en la gestión del desarrollo territorial.

En una sociedad madura y comprometida con su territorio, las cifras que hoy describen este colapso socioeconómico, serían motivo para un amplio y profundo debate, no obstante, este no ha sido el caso de Santa Marta, lo cual resulta más preocupante. Por parte del gobierno local, la respuesta ante la actual crisis no podría ser más desconcertante, pues, en lugar de concentrar sus esfuerzos en diseñar e implementar estrategias para amortiguar sus impactos, lo que ha hecho es convertir la institucionalidad distrital en una trinchera, y a la ciudadanía en un escudo para desafiar al gobierno nacional, polarizar y sembrar el caos social local con el fin de mantenerse en el poder, lo cual, en nada se compadece con la angustiosa situación que atraviesa la población.

Pese al aparente estoicismo con que los samarios han soportado la crisis del último año, la desconexión del gobierno local frente al drama que viven los sectores sociales y económicos, comienza a agotar la paciencia de la ciudadanía. Aumenta el rechazo frente a las medidas incoherentes respecto al manejo de la pandemia, las caprichosas prioridades de la inversión pública, así como, la deficiente planificación y defectuosa ejecución de proyectos.

Los mitos se desvanecen cuando la gente deja de creer en ellos, es así como, el mito de “los políticos de antes” pasará a la historia ante la ineptitud de “los de ahora”. Las oportunidades se disfrazan de dificultades, he aquí entonces, una gran oportunidad para que ciudadanos, líderes, representantes, organizaciones civiles y académicas, medios de prensa y comunicación, se propongan encontrar y concertar el camino a través del cual sacar a Santa Marta de este atolladero.

No es momento de profundizar las divisiones sociales que han sembrado las rivalidades políticas. Es momento de unirse y reconciliarse en torno a un proyecto colectivo en el que la ciudad gane. Es hora de renovar liderazgos, generar transformaciones conductuales que conduzcan a nuevos códigos morales que hagan de la sociedad samaria el motor para la búsqueda de soluciones y el logro de la prosperidad general.


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