Una guerra civil

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Estamos viviendo hoy en día lo que no queríamos vivir, lo que había que evitar a toda costa.
Las imágenes que dejan las noches incendiarias de Cali son de infierno: muertos, heridos, destrucción, desolación, hambre y dolor. La protesta social, derecho constitucional legítimo de los colombianos que se oponen al injusto incremento impositivo, a la mala reforma a la salud, a la vacunación torpe, al Estado capturado, se convirtió en la puerta de ingreso de sustancias viciadas, quizás teledirigidas, que no pretenden debatir nada sino apenas descerrajar su ciega verdad vengativa. Si a esta violencia se le suma la gran oportunidad que da un gobierno sordo y mudo, ¿qué podemos esperar? Nada bueno, eso es seguro. Porque no se trata solamente de Cali, sino del país entero, al que poco se lo había registrado antes, tan de cerca, como el campo minado que es. Pues, al fin pasó, señor Iván Duque: la situación está fuera de control. Por favor, salga de la casadenari-estudio, y gobierne.

Presidente: ejerza personalmente su poder para controlar los excesos de la fuerza pública, pero, al mismo tiempo, garantice la protección de los colombianos que optan por no marchar. No permita que el crimen de los que usan al candor protestante como escudo se imponga ante la legalidad. Es debatir falsamente empuñar la tesis de que se trata de dos conceptos disímiles: la legalidad y el derecho a la protesta son dos caras de la misma moneda, que es la institucionalidad, el Estado de derecho, el imperio de la ley. El derecho a protestar se reconoció como fundamental en la propia Constitución Política que cumple treinta años; y la legalidad no es sino la fruta dulce de la democracia, cuya expresión más sincera es el debate, el diálogo en medio de la discrepancia. De obviarse este frágil equilibrio, podría pasar lo que en otros países ha acontecido, lo que incluso en Colombia se ha dado en épocas pretéritas sin que haya sido nombrado con precisión. La guerra civil.

Quienes creemos en el disenso democrático, señor presidente, no debemos esperar más para actuar. Hay que parar esta flama de una vez. Deviene necesario ejercer la autoridad de la República con criterio patriótico y humano; y, así, debe ordenarse a las fuerzas militares y de policía algo que es muy difícil de recordar cuando se está bajo ataque armado de sicarios políticos en la profundidad de la noche, con dos o tres horas de sueño, y con miedo, pensando en la familia con miedo; hablo del restablecimiento de la calma, sí, pero sin atacar a la gente inerme, a los que no tienen que ver con la violencia estratégica que unos delincuentes todavía no identificados –porque están bien camuflados- anhelan para la nación. No es una misión fácil la de estos hombres y mujeres que monopolizan el armamento estatal, pero es la que deben cumplir. Tenemos que ayudarlos a lograrlo.

Urge que la tenue civilidad del pueblo se endurezca, puesto que el Gobierno ha sido inferior a las circunstancias. Que muera la posibilidad de que su legado, señor Duque, no sea ya solo el de un mal presidente (que muchos así hubo y todavía pudimos seguir). Por lo demás, Colombia sigue en espera de su inteligencia, temple y valor; de que rebusque dentro de sí el liderazgo de la hora incierta.


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