El antivacunas

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hace algún tiempo escuché al embajador de Rusia en Colombia, Sergei Koshkin, afirmar que le había enviado una carta a Iván Duque ofreciéndole a la nación la vacuna rusa Sputnik V de la misma forma en que ya el inmenso país de los Urales lo estaba haciendo ante diversos Estados, incluidos México y Argentina, dos de los países latinoamericanos más importantes.
En ese momento, el embajador ruso informó que no había recibido respuesta del Gobierno colombiano sobre su propuesta. Ignoro si, eventualmente, en la Casa de Nari alguna secretaria se dignó contestarle siquiera una esquelita al señor embajador Koshkin y a su “absurda” idea; pero ya han pasado varios meses de eso, cinco al menos, lo que viene a demostrar, habida cuenta de las evidencias, que el Gobierno no le paró bolas a Rusia en su momento no porque tuviera el problema de las vacunas resuelto, sino porque ni siquiera se daba por enterado del problema.

Que las vacunas contra el coronavirus no le interesan a Duque ha quedado claro, aunque en su irritante programa de televisión diga lo contrario. Son los hechos los que cuentan. A la fecha, Colombia no tiene realmente claro con qué, cómo y cuándo va a vacunar a su población para que la vida en sociedad pueda intentar recuperarse. De lo poco diríase concreto, sabido hasta el momento, ha sido lo que el ministro de Salud, Fernando Ruíz, implicó en uno de esos espectáculos televisivos de pacotilla presidencial: a partir del inicio de la fecha de vacunación, cuéntense trece meses para completar la primera inoculación de los cincuenta millones de colombianos, eso sí, siempre que los vacunadores trabajen durante todos los días de la semana y no pase nada raro. Cuando escuché al ministro decir las cifras que me permitieron inferir esto, supe que podía ser verdad lo que tantos suspicaces ya entendían, y que yo me negaba a aceptar.

¿Política con las vacunas? Sí, eso parece. Estamos a un año exacto de que empiece en forma la campaña presidencial, botín burocrático y presupuestal donde los haya, que desvela al partido de gobierno, tanto como a los demás. Todo indica que la vacunación va a utilizarse de la manera politiquera obvia y tradicional, aunque a estas alturas cueste admitir semejante canallada: votas por mí, hay vacunas aseguradas; no votas por mí, te mueres. En el retraso están los votos. Ciertamente, no se encuentra otra explicación para la ineficiencia de los encargados de negociar con las farmacéuticas, tramitar la apropiación de la plata pública que corresponde (la de los impuestos que pagamos), gestar la firma efectiva de los contratos, traer las vacunas, empezar a vacunar, y dar así principio de solución a este embrollo sin fin que consume la paciencia.

Los que leemos noticias a diario sabemos que ni Duque ni su gente son los más capaces (excepto para el autobombo), pero el hecho de que haya países “menos desarrollados” que Colombia que ya están mucho mejor dispuestos en esta materia da para pensar que no puede ser la simple incompetencia de siempre la razón del retraso: la anodina lentitud no puede ser lo fundamental, debe de tratarse de algo perverso. Ojalá yerre y la vacunación arranque de verdad “en febrero” (¿cuándo en febrero, señor Duque?, ¿ni una fecha precisa puede dar?), y entonces los que pensamos mal –pésimo- de este Gobierno seamos señalados. Eso nada importaría.


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