Dos mujeres infieles

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Abundan ejemplos de infidelidades femeninas en la literatura; quien más, quien menos, no pocos habrán debido de conocer personas reales con que comparar, diríase sin pretenderlo, a aquellos entrañables personajes de la ficción.

Digo entrañables porque es mejor no sentenciarlos y limitarse a apreciar piadosamente la pesada carga de pasión que a lo mejor padecieron, no solo los moldes vivientes de las heroínas, sino además los escritores que les dieron vida poética a estas últimas, aunque esos autores hayan sido hombres casi siempre. Mayúscula ironía.

Acaso dicha tendencia se deba a que hay ciertos temas que a las mujeres de carne y hueso no les gusta abordar directamente, sino apenas de manera oblicua, ligera…, imperceptible. Quién puede saberlo con certeza. 

Sobrepoblación o no de infieles fabuladas, vale la pena alumbrar a dos de ellas, ubicadas ambas en la segunda mitad del siglo XIX europeo. Emma Bovary, la Madame que el exquisito Gustavo Flaubert pariera a pedazos, en solitario, cincelando unas pequeñas frases cada vez, leyendo lo escrito parado sobre una piedra en medio del bosque que habitaba a ver si la cosa tenía la música en francés que era menester.

(Por fortuna, el ritmo que logró se pudo conservar, al menos, en las traducciones españolas). Y, Ana Karénina, personaje central de la novela del mismo título, obra de un pensador, el ruso León Tolstói; libro ahora objeto de discusión por el incomprensible trato de “novela feminista” que fanáticos iletrados (ignorantazgo de moda) ansían darle a esa muestra certera de la experiencia humana. En realidad, su temple está a resguardo de oportunismos: cuan fría es la verdad allí sumida. 

Emma es una muchacha frágil: provinciana que no se acepta, bonita mas no tanto como cree, lectora devota de folletines románticos que le terminaron de telarañar el cerebro, considera que se merece lo mejor de esta vida, pero sin levantar un dedo. Está muy segura de que su marido tiene que elevarla socialmente, y, cuando este no puede darle eso, ni emocionarla en ningún sentido (un día, empujado por ella, el pobre doctor anduvo cerca) elige la vía de la traición.

El único problema es que Emma no vale mucho para sus superficiales amantes, igual que si ciega energía ignota le cobrara no ser sino escasa criatura también frívola que permanece “enamorada del amor”; o ya como si algún dios se ensañara con su femineidad, y la castigara con dureza por no haberse resignado a una existencia vacía junto a un caballero que la mataba de aburrimiento, injusticia pura. Que el lector escoja. 

Ana Karénina, por el contrario, es una señora refinada y, al mismo tiempo, de carácter. Cuando le es infiel a su esposo, un político bastante mayor que ella, lo hace con convicción; hasta se lo confiesa algo católicamente llegado el momento.

Está persuadida de la existencia del amor y de la necesidad de luchar por él, y por eso se rebela ante el níveo escenario de la Rusia zarista tal cual era, una mujer valiente sin deseos de imponer sus efusiones a nadie; no quiere cambiar nada, anhela sonreír. Parece que, al verse impedida al respecto, resolvió descuartizarse viva al paso de una locomotora; quizás así apenara a quien correspondiera. Tolstói, el conde y campesino, la dibujó con el alma. 



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