Museofilia básica

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Quizá una de las peores cosas de este encierro voluntario, en el que se espera que el Gobierno lento y politizado que se padece en paralelo consiga por fin traer e inocular la vacuna cuya efectividad en el fondo se desconoce, sea el cierre de los en realidad pocos museos de que dispone la capital de la República.

A mí, los museos, tanto como las iglesias, me recuerdan la potencia del silencio. Alguna vez leí que el cerebro humano requiere de al menos veinte minutos de silencio para regenerase, maravilla vital que es; lo cual me llevó a pensar, sin haberlo comprobado, que tal vez el pobre cerebro se destruya con el exceso de ruido. Desde entonces, me ha dado por ver en estos lugares callados, en los que huele a veces a humedad seca, unas máquinas de frío benefactor que permite lograr lo que de otra forma no sería dable tan rápido: que la conciencia hiberne y despierte mejor. 

Más allá de los objetos museológicos de que se trate en cada caso, el simple hecho de recordar mientras se aprende algo nuevo, de apenas observar como un niño sin siquiera entender el asunto, o ya de caminar y escuchar los propios pasos (gozo supremo), en claro deleite de curiosidad, da en inducir cierto estado de ánimo que acaso no pueda definir ahora, pero que, intuyo, es conocido por la generalidad de los seres que habitan este planeta.

Hablo de la acción que permite encontrar serenidad. Pues es un sobreentendido algo equivocado la idea de que a la calma hay que esperarla, con pasividad, ya que se aparece sola, sin avisar; en realidad, la profunda concentración que permite abordar adecuadamente los problemas complejos viene de un esfuerzo deliberado por aprehender los trucos para vencer a aquel secreto enemigo que observa desde la negrura, el miedo a estar solo. 

Las pinturas que juzgan al presente desde el pasado, algunas de tonalidad y gesto tenebrosos; las pieles que los pinceles de maestros solitarios detallaron con primor, los ojos que ven al vacío; las manos, que siempre son visibles, bellas de humanidad; los labios, delgados o gruesos, rojos o descarnados; las voces que se pueden oír todavía, de cuando el lienzo murmuró al roce mojado de la brocha.

Y las firmas, apellido y año juntos, de los autores. Sí, las pinacotecas tienen esa ventaja respecto de las otras formas de museo: están vivas. Los objetos, huesos, monedas, vestidos, efectos personales diversos de personajes históricos, claro que son de interés, pero mediano; nadie sabe en verdad si lo que se exhibe ciertamente perteneció o no a este o a aquella. He oído comentarios sobre suplantaciones, falsificaciones y demás expresiones de lo apócrifo. Es decepcionante. 

Creo que la forma más evidente de disfrutar en los museos del acallamiento de la escandalosa vida es simplemente dejarse llevar. Una exposición bien presenciada puede ayudar a reencontrar la idea que se hacía perdida, por ejemplo, entre los días traslapados; y, así, demostrar que es posible derrotar la noción inventada quién sabe por qué según la cual el silencio es uno de los sinónimos de la tristeza o la melancolía, cuando es al revés: si la mente funciona como debe, no hay necesidad de sustitutos, llámense como se llamen. La materia gris puede producir bienestar por sí sola.  



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