Discreto caleidoscopio

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hace unos siete años leí el relato largo La hoja de aire, del escritor Joaquín Gutiérrez, en una edición costarricense barata y de ortografía disimulada que misteriosamente insistieron en regalarme.
El autor, también costarrico (así le llama Pablo Neruda en el prólogo), ubicó la acción en el país centroamericano de marras, aunque hubiera vivido más de treinta años, su juventud y adultez, matrimonio y prima vida útil incluidos, al extremo sur del centro continental, en Chile. Llegó allí de casualidad, hacia 1939, porque no había más que hacer, porque no quería volver a Costa Rica después de haberse despedido con lágrimas de medio mundo, y, a partir de que, varado en Buenos Aires cuando el barco que lo iba a llevar a Francia ya no zarpara por eso de la Segunda Guerra Mundial, creyó no tener otra alternativa a aventurarse a cruzar la cordillera.

Allí estuvo hasta la llegada del general Augusto Pinochet al poder, en 1973, momento en que le tocó decidir si quería o no que una caravana nada festiva lo recogiera para dar un paseo del que no se volvía. Entonces regresó a su país de nacimiento, al que había pintado algo dulcemente, aunque con claroscuros, valiéndose de esa obra de 1968, La hoja de aire. Como en otros casos, creo que, en este, la literatura (o sea, el acto de sentarse a intentar la literatura) le sirvió al propio narrador de bola de cristal para ver su futuro a un lustro de ocurrencia. Eso sí, con un contraste: en el cuento aspirante a novela corta que digo al protagonista le toca volver a su tierra, Costa Rica, sin un colón y quizá mal de la cabeza, después de haberse atascado en el México recio por casi veinte años; mientras que, al autor Gutiérrez, poco inclinado a la nostalgia, no le fue tan mal en la vuelta: pudo ser profesor universitario, político de alta esfera, académico de la lengua…

A siete años de distancia, volví a atestiguar las desventuras del personaje central de la historia. Un hombre desgraciado que nunca dejó de buscar, ciertamente, la desgracia; caballero fantasioso al que le podía la pereza que va envuelta en la ceguera ante la realidad; menos actor de teatro fracasado que malviviente. Pensé, al releer estas páginas, que es verdad que el tiempo remueve la tendencia juvenil a ser indulgente frente a la estupidez: a pesar de que esa no fue para mí nunca una obra demasiado memorable, sí me acordé esta vez de que, en aquella época, el protagonista alcanzó a parecerme digno de alguna simpatía, por la vida a duras penas vivida, habida cuenta de su escogida orfandad, su enfermedad y las esperanzas fallidas. Hoy, con mejor ánimo crítico, veo que él solo renunció a pelear, y que no tenía por qué sufrir tanto si no lo quería.

A lo largo de cincuenta paginillas escasas, Joaquín Gutiérrez, que dos décadas tiene de muerto, conquistó lo que pocos logran en hasta quinientas cuartillas, o mil: convencer de la veracidad de esta invención, en distintos momentos, al mismo lector: la vez primera, para conmoverlo; la segunda, para que repudiara la identidad en dejadez del relator suicida. Gutiérrez, que vivió varias vidas, tres al menos, y que aparece en un diálogo con voz y todo, a modo de confesor, no podría menos que sonreír de indiferencia si oyera que este libro suyo da en leerse desde atalayas de altura variable, como si tuviera más de una escritura, y correspondiera descifrarlo poco a poco, al tenue paso de los días, hasta que le fuere dado al intérprete asir su significado final.


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