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Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



¿Desde cuándo las personas ya no son personas sino marcas? Podría decirse que ello es así desde el momento mismo en que la verdad dejó de ser lo que es para convertirse en una interpretación, en cosa maleable que va a depender del que la mire y juzgue, en un quién sabe nada permanente.
Porque eso se ha vuelto la humanidad desde que la relativización de los hechos se volvió la norma general, y las certezas de serena aceptación ya no son tales sino algo meramente vago. Hablo del presumible sustento de ideas que antes se creían controladas, pero que de ningún modo lo estaban, y que, a pesar de lo que afectan gracias a sus rótulos de oropel, en realidad anuncian la existencia de algo socialmente siniestro bajo su meliflua superficie: nadie puede sentirse confiado en valer por lo que es, o lo que ha sido. Me temo que esas ideas que digo podrían constituir suerte de negación de la dignidad humana, ni más ni menos.

Pues una persona no es ni puede ser “una marca”. ¿Quién inventó eso y en obediencia a qué premisas? Admitir que la humanidad de alguien, que su dignidad personal, su identidad, su independencia o autoestima pueden estar (o deberían estar) ligadas a la aceptación o aplauso siquiera tácitos de los demás integrantes del núcleo social, cualesquiera fueren estos, sería equivalente a acallar la posibilidad de autodeterminación de que deben gozar en todo tiempo y lugar los seres humanos desde su nacimiento y hasta su muerte. Si de verdades hablamos, esta es una de ellas. Se pusieron por escrito hace casi dos siglos y medio en Francia, se invocan todos los días desde que tengo uso de razón en los medios de comunicación, todo el mundo –sepa o no del tema, como debe ser- habla de ello: se trata de los derechos humanos.

Sí, estoy implicando aquí que volver una moneda de cambio a la gente, a su manera de ser, de hablar, de vestirse, o de solo estar, viene a ser el solapado presupuesto básico de posteriores violaciones a los derechos humanos por parte de quienes podrían comprender dicho fenómeno en clave de reduccionismo al blanco y al negro, como a lo largo de la historia ha sucedido. Esto ya pasa en cuanta escuela, universidad, lugar de trabajo o de residencia se piense: los homínidos no precisamos de mucho estímulo para dañar lo que no nos parece bien. Eso, lamentablemente, también es humano. Recuérdese que el dogma del matoneo es la superioridad de unos sobre otros, falacia a su vez soportada en el venenoso concepto de “marca” y similares, cuya forma más acabada es aquella que promociona, no a la sana competencia, no al trabajo como fuente de riqueza, sino apenas que la vida es una puesta en escena con personajes vacíos.

La emergencia por la pandemia de coronavirus ha hecho olvidar por momentos que sigue habiendo mucha injusticia en este planeta. Injusticia conocida, poco combatida; e injusticia desconocida, que no deja de crecer. Pensar en el sufrimiento de aquellos que no tienen voz debería ayudar a agradecer lo que se tiene, y con ello a fundar las razones para que el silente agradecimiento colectivo prevalezca. Acaso solo así sería posible reducir la ansiedad por el protagonismo a sus mínimos, y entonces propiciar la concentración en lo esencial, que es lo humano, lo necesario, lo indispensable, e, incluso, andando el tiempo, por qué no, lo bello.


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