El zurdo Don

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Si pudiera votar en las próximas elecciones gringas, lo haría por Donald Trump. Para justificarme, daría lo mismo que yo perteneciera al 1% millonario de la población, o que viviera en un remolque de extramuros y la cómoda clase media me llamara, a mis espaldas, Redneck o White trash: el presidente actual constituiría, en la esfera íntima, promesa cumplida.
Pues, dígase lo que se diga, el neoyorquino mantuvo la palabra empeñada de cuatro años atrás y no mutó en político usual; tampoco trató de imitar a los de esa especie, no obstante miles las mentiras que se le han comprobado: mentir es una manera de vivir en estos días, y claro que él no es el único del juego de la globalización que engaña conscientemente en la disputa por el poder. Sé que suena raro, pero al menos Trump, que solo anhela triunfar, no miente en nombre de la verdad definitiva, en mayúsculas, como sí lo hacen, impunemente, no pocos sectores del periodismo liberal de los Estados Unidos.

La realidad fundada en hechos es que, durante la vieja normalidad, en el país del norte habían alcanzado el pleno empleo, al tiempo que pudieron maniobrar exitosamente la puesta de un cuchillo en el cuello chino en medio de la guerra comercial de entonces contra el dragón; igualmente, la inmigración ilegal había sido refrenada, el poderío militar yanqui fue revalidado y con ello se instauró suerte de novísima geopolítica; y, el presidente (lo dijo muy en serio), alcanzó a consolidar la posibilidad de salir a dispararle a la gente de la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un solo voto, cuan confiado estaba. La pandemia y los doscientos mil muertos largos por contagio, cuarentenas inevitables y economía contraída, conformaron un golpe bien bajo a una propuesta de gobierno enemiga de falsedades ante los que eligieron al republicano, ya sea que dichas personas, racistas o no, guarden o no celosamente fusiles de asalto en sus casas rodantes.

Donald Trump es un gobernante que simboliza, en millones de estadounidenses, la honestidad, la esperanza, el amor, la patria y la bondad. Créase o no. En lo personal, espero en dos semanas otra sorpresita, basada en la sabida potencia oculta del caudal de votantes vergonzantes trumpistas. Además, en armonía con lo que he venido sosteniendo en este último cuatrienio, no creo que a países estilo Colombia les haga infinito daño que un presidente de los Estados Unidos crea antes en el imperialismo agresivo que en el tradicional chantaje de la diplomacia del dólar, o que reconozca de frente que Nicolás Maduro supera en fortaleza al dictador de Internet Juan Guaidó.

A pesar de los potenciales beneficiados directos colombianos en caso de vencer Trump (el ilegítimo Gobierno de turno, por decir algo, y las inconfesables aspiraciones exonerativas respecto de su jefe), en perspectiva histórica, tal victoria, pletórica de desprecio implícito de su protagonista por lo que no puede dejar de serle ajeno, representa una oportunidad de revancha paulatina en estos pueblos subestimados, por él y por otros peores, que allí los hay. Llámenlo “terapia de choque”, de preferirse así, pero cuanta menor “amistad” exista de parte de los Estados Unidos hacia Colombia, mejor.


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