Razones vacías

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Se alude permanentemente a la razón universal, es decir, a la capacidad de precisar aquello que a lo mejor debe de corresponderse con la verdad en cada caso, si a esta última se la entiende como lo que es bueno, lo que detiene al mal, lo que es perdurable en esa, su bondad.
Y se habla mucho, paralelamente, de la racionalidad de las elecciones, quizás porque la existencia válida es cuestión de elegir “correctamente” bajo dichos estándares (bien, no mal; duración, no consunción prematura): a todas horas se elige esto o lo otro, y de ello depende gozar o padecer, desaparecer o apenas permanecer. De ahí que resulte útil disponer de herramienta que sirva en tanto que filtro infalible para sobrevivir, o vivir al límite. Deviene, así, asunto ineludible la agotadora búsqueda de la verdad, incluso respecto de oscuridades insospechadas, so pena de que emerja un caos consecuencial.

Vi el documental sobre la historia de Amanda Knox, la posadolescente gringa que en 2007 fue acusada en Italia de haber asesinado a su compañera de apartamento, en coautoría con dos hombres, su novio y un sintecho. A pesar de que Knox demostró, durante las investigaciones posteriores al crimen, que no era ninguna inocentona (responsabilizó, para eximirse, a un tercer hombre –inmigrante africano, su empleador-), la Fiscalía italiana dio muestras de saber combinar la ineficiencia tercermundista y el apego a prejuicios religioso-moralistas, algo extraño en Occidente que forzosamente hizo pensar en la comisión de una injusticia. A aquel que ejerza de abogado de oficio tardío de Knox (quien desde 2015 ha quedado absuelta definitivamente) no le cabe desestimar sin más que las costumbres sexuales facilistas de la muchacha, su conducta altanera en un país ajeno, su confeso consumo de drogas, hayan sido indebidos determinantes en la instrucción y el juzgamiento a que la sometieron. De nuevo: en Europa, en el rampante siglo XXI.

Suponiendo que a Amanda Knox la hubieran juzgado antes por su personalidad que a causa de los sucedidos que se le probaron (no obró judicialmente evidencia directa, solo circunstancial, en su condena), por qué no habría de validarse, además, lo que afirman acerca de los comicios electorales; o sea, que, cuando se vota a un candidato para dirigir lo público, en últimas lo que se reconoce es que tal ejerce asible atracción, no si constituye base de un destino común favorable. Claro, es este un terreno delicado: a fin de cuentas, ¿qué es lo favorable?, y, en ese sentido, ¿quién puede, certeramente, mostrárselo a nadie? A manera de respuesta, alguien usaría el argumento de que se dan verdades inmutables, acaso no en la vida personal, sí en la social: digamos, “lo bueno, lo que detiene al mal, lo que es perdurable en su bondad”; pero acudir a eso es dar vueltas en redondo.

Hay manifestaciones de la razón que en el fondo no lo son: únicamente encajan en una inteligencia particular. Pues no es raro que la expresión del bien y el mal varíe: los hechos de la realidad no han de ser iguales en todos: la realidad no es universal. De modo que la “razón universal” pretendida, o no existe, o escapa a definición alguna. No obstante cierta la racionalidad decisora, ella no es eterna.


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