La resistencia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hará seis meses escribí aquí mismo que, siendo realistas, habida cuenta de la abrumadora ola de muerte que silente había llegado pretendiendo estancarse, y de la cual no se exceptuaba a Colombia, a causa de la pandemia del ahora en paulatino desuso “nuevo coronavirus”, tocaría vérselas con una larguísima cuarentena de unos tres meses si lo que se quería era reducir la magnificencia de la tragedia anunciada.
“Hasta finales de junio”, dije, y lo tecleé impertérrito, pero sin saber muy bien por qué el número tres debería ser la respuesta a nada. Mi intuitiva presciencia tendrá que andar fallando, puesto que el prolongado aislamiento trimestral anticipado, al que amplios sectores ya se oponían en marzo, resultó de casi un semestre, y el estado de emergencia sanitaria no solo alcanzará, vía decreto, a los aires navideños, sino que, es de suponer, los superará.

La esperanza estaba encriptada entonces en la rapidez de actuar coordinadamente que exhibieran nuestros gobiernos central y locales, en la capacidad de aguante popular del apretujón tan duro que la contracción económica inevitablemente traería, en el coraje, la perseverancia, la concentración y la disciplina de cada habitante, letrado o no, en la comprensión completa de la dificultad conjunta a que nos enfrentábamos en, se pensaba todavía, igualdad de condiciones. Miro al pasado reciente y entiendo que las cosas han marchado más o menos según lo previsto, merced a los números negros que siempre dolerán en el futuro a aquellos que sobrevivan al tapabocas, a la lobreguez de los andenes de abril que seguramente volverá, al hambre, al desempleo y a la violencia permanentes en que se ha convertido la cotidianidad de un país hambriento, desempleado y violento desde antes de la enfermedad pública con que la China comunista y capitalista obsequió a la especie.

Luego de medio año, la presión social se siente, claro; enciéndase el televisor, léase lo que pasa. También son perceptibles las consecuencias individuales, es decir, el miedo prolongado a contagiarse y morir, o de contagiarse y contagiar a alguien que se quiere; la soledad de las personas solitarias que la inmovilidad de la vida acentuó a extremos delirantes; las agresiones sufridas por los que se encerraron forzosamente con sus agresores; la ansiedad y la depresión de quienes perdieron su trabajo y así la ilusión de no estorbar a sus familias o de incluso poder mantenerlas; la tristeza de las calles, que aun repletas de gente hoy, forman teatros de desazón; la melancolía que dejaron los que partieron en mitad de la crisis inicial, a destiempo, cuando a lo mejor les quedaban chispazos de alegría que vivir en este mundo incomprensible, sensiblero e insensibilizado.

¿Dónde encontrar la fuerza para seguir? No parece haber luces ciertas de vacuna cercana. Y, de haberla, nosotros, los actores de reparto, la recibiríamos bastante después de que el último primermundista haya sido inoculado. La sustancia de la resistencia, de desprecio hacia el descuido (o creer que todo es invención conspirativa), yace entre los pliegues de los días, cuyas horas siguen transcurriendo al margen de la noticia de un cielo salubre, aunque llenas de silencios y lecciones.


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