Hace diez lustros sucedió en Bogotá

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Escrito por:

Jesús Iguarán Iguarán

Jesús Iguarán Iguarán

Columna: Opinión

e-mail: jaiisijuana@hotmail.com


Era joven de cabello rizado y rubio, ojos azules, de estatura superior a los 180 centímetros, de color blanco, de esplendida constitución y con la lealtad escrita en su rostro, se podía decir que gozaba de todas las características de un joven a quien se le podía llamar buenmozo, fue amable y supremamente cordial con las damas, a los treinta años reflejaba una tranquilidad asombrosa y una notable apacibilidad capaz de apaciguar el más duro corazón femenil.

   Una de esas noches frías que a veces azota a Bogotá, salió como de costumbre bien vestido, camisa combinada con su corbata y gabardina con cuello de peluche. En un sábado helado en la capital, cuando era las 8:00 p.m. vio acercarse a él, una dama de belleza excepcional, su acostumbrada y desbordante amabilidad comenzó a roerle su gran avidez de conquista, la saludó con mucha cortesía y no tardó en invitarla a tomar una bebida refrescante.

   Luego acudieron a una discoteca, la noche avanzaba y el frio se hacía más rígido, las caricias se hicieron presentes y los besos ardientes fueron las primeras cuotas de un apacible amor, cada beso suministraba en el joven un notable escalofrío que se lo atribuyó a la helada noche bogotana,  el calor de la armonía aplacaba aquella leve sacudida, la emoción de encontrase con una joven y bella mujer levantó tanto su ánimo que se olvidó de aquel ínfimo quebranto, pero aquel deterioro de su humanidad se fue acrecentado a medida que la noche avanzaba, para él, dejó ser una simple alteración y sentía como si su corazón se encontraba presto a renunciar de sus latidos.

   Cuando la madrugada se asomaba dando paso al alba, decidieron abandonar el sitio y acercase a sus casas, la baja temperatura en la calle se hacía hostil para aquel hombre, su compañera no ajena a aquella temperatura manifestó el deseo de usar la gabardina, su amabilidad fue mayor que el atropello que lo agobiaba y decidió desprenderse de su prenda que lo blindaba del terror helado de la madrugada.

   Su amabilidad se desbordaba en complacencia y decidió que se quedara con la gabardina para cubrirla de los pasos que la separaban de su casa. La abandonó en la puerta de su casa y se despidió con un beso, aquel ósculo pareció haberle lesionado su fortalecida gentileza, un leve letargo atropello su humanidad.

Al siguiente día recuperado de su insensibilidad, se acercó a la vivienda en busca de su valiosa gabardina – preguntó por su nombre “hace diez años se fue”, le respondieron, pensó que le jugaban una pesada broma, preguntó por su gabardina “su número de tumba es 1689 en el cementerio municipal” se marchó incrédulo, sin embargo, se acercó al cementerio y sobre esa tumba se encontraba la gabardina. Y aquel letargo que tradujo en ataque mortal.



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