La telenovela

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



No sé por qué hay tanto desprecio de los intelectuales hacia un género televisivo, la telenovela, que históricamente no ha sido sino entretenimiento en esta esquina del mundo.
Ciertamente, la novela televisiva, que empezó en la radio, y que, lógicamente, había empezado en los libros, no debería merecer el descrédito en tanto que producto menor de la inteligencia: su regusto radica justamente en su simplicidad (que no necesariamente simpleza). ¿Acaso cualquiera se siente capaz de alargar casi indefinidamente una fábula de amor entre este y aquella valiéndose de los vericuetos que la convivencia en una casa gigantesca (siempre, una casa gigantesca) ofrece? O, ¿alguno conoce la forma de mantener sin decaimiento la tensión en una historia en cada capítulo (a punta de sucedidos grotescos, risibles o francamente trágicos)?

No. Que no se diga impunemente que la telenovela carece de arte y ciencia, de magia y milagro, racionalidad y ardor. El que tradicionalmente se haya hecho alusión a lo último en su definición, y que algo de sensatez subyazca en ello, no excluye que su manufactura disimule eficazmente, y con modestia, similar dificultad a la que entrañan obras artísticas tenidas como de mejor familia. De su defensa me he convencido últimamente, cuando, caídas las noches de coronavirus (y, ¡vergüenza!, también en Netflix), doy en contemplar (al inicio a contra-voluntad) la retransmisión de la exitosísima Pasión de Gavilanes. Claro, ahora ya defiendo abiertamente a ese trabajo, más allá de su “riqueza visual”, que tan de gancho habrá servido en su momento, y apuesto seguirá sirviendo (hablo, para los caballeros, de las jóvenes y hermosas protagonistas en vestimentas ceñidas, o muy pequeñas; y, para las damas, de los sempiternos tres tipos descamisados, o en camisilla, a pesar de que en Chía –donde grabaron esto en 2003- no haga precisamente calor).

Pues divertimento es ver situaciones en apariencia cotidianas teñidas con el aura cómica propia de la idiosincrasia latinoamericana. ¿Cómo es posible hacer naturalmente creíble que sí existen quienes oyen detrás de las paredes lo que otros hablan, o que una venganza esté edificada sobre bases harto endebles como la conquista romántica de las hijas de “los malos” circunstanciales? ¿De dónde salió la idea de que un troglodita, un codicioso y un bobo pueden pasar durante meses por constructores de una vivienda, si no saben ni mu de albañilería y tal es a todas luces notorio? Convengamos en que es gracioso. No obstante, reconozco que una vez el público se persuade de que la cosa es una comedia, toma que ocurren diálogos y acciones que reflejan al ser humano de cuerpo entero, cuan ambicioso, lujurioso, egoísta, violento, envidioso y ridículo es; luego, de la nada, se habla de afecto incondicional y desinteresado, del bien rindiendo al mal.

No. La telenovela no es inferior. Es diferente. No está pensada (tampoco la acompleja no estarlo) a modo de catalizador de la profunda reflexión filosófica, aunque no esté exenta de cierto poder de reflejo de la realidad. En lo que a mí respecta, soy gustosamente estadística de Pasión de Gavilanes (el título mismo vaya que es una promesa), y la recomiendo a todo aquel que opine que la ligera e imperceptible distracción de los sentidos es una prioridad en el presente de recuerdos de tiempos pasados. Si eso no es importante (trascendental incluso), qué podría serlo.


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