Colombia descuadernada

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



Nuestra nación está sumida en la peor crisis en toda su historia, y empeorando a diario. Da vergüenza: somos uno de los países más corruptos y desiguales del mundo, con una educación formal al nivel de naciones paupérrimas y atrasadas, tasa de informalidad laboral incompatible con una economía decente, una clase política sin credibilidad y cuestionada por escándalos diarios, inconcebible y progresiva voracidad del sector bancario, delincuencia in crescendo y su sinfín de calamidades que hacen pensar en su inviabilidad.

El actual sistema político colombiano, mal denominado democracia (está lejísimos de serlo), fracasó en manos de nuestra dirigencia; la sanidad sucumbió irremediablemente en medio de la pandemia, a pesar de la buena voluntad del personal sanitario. La corrupción mostró su peor cara y tanto autoridades judiciales como entes de control parecen ausentes en esta crisis. Peor aún, las contradicciones entre el gobierno central y los mandatarios locales envían mensajes confusos que muchos ciudadanos adoptan a conveniencia, generando un peligroso caos social, con el riesgo de un descontrol de la actual pandemia. La polarización política no ayuda, pero tampoco podemos ser indiferentes a nuestra tragedia. Hay que actuar de manera inteligente, oportuna y eficaz. La raíz del mal es, sin duda alguna, la corrupción desaforada que corroe tanto al estado como al sector privado. Ejemplos sobran.

La desenfrenada feria de la inmoralidad sustentada en la violencia sustrae los recursos que deberían estar destinados al bienestar y el progreso, lo que obliga a cambiar de dirección. Pero, rumbo al despeñadero, la dirección tampoco puede ser la opuesta. Hay que buscar alternativas razonables. El neoliberalismo egoísta, fracasado en el mundo, también naufraga en nuestra nación mientras los principales medios intentan esconder la magnitud de la tragedia y defender un modelo perverso que les resulta beneficioso. El ciudadano actual, más afín a la tecnología, no cree en los medios tradicionales unidireccionales y le apuesta cada vez más a la información interactiva originada desde la misma fuente y difundida mediante las redes sociales, así como en comentaristas independientes. El periodismo tradicional pierde fuerza ante esas nuevas formas informativas. Por ejemplo, las transmisiones en directo por canales alternativos mediante los cuales el espectador participa con preguntas o comentarios.

También fracasó el socialismo. Después de la Segunda Guerra, el mundo se dividió en dos. Una de las partes, la Unión Soviética, se erigió como contrapeso a los Estados Unidos y sus países satélites, Europa incluida. China se radicaliza con la dirección de Mao Zedong, apartándose de los postulados soviéticos. Pero, décadas después, la Unión Soviética se disuelve. Rusia emerge poderosa, y China cambió el rumbo que le dio Mao. Den Xiao Ping inicia sus cuatro modernizaciones para equilibrar cargas y salir a flote, convirtiéndose hoy en la segunda potencia mundial.

Mientras tanto, Europa adoptó modelos sociopolíticos más equilibrados y justos, un verdadero ejercicio de moderna democracia basada en la economía capitalista con una fuerte justicia social. Se trata de una democracia representativa con redistribución justa y equitativa del ingreso, con regulación de la economía, apuntando a lo que hoy se conoce como estado social de bienestar, cuyas raíces aparecen en Inglaterra en la posguerra. Hacia los años 50, Thomas Marshal describió el estado moderno, una combinación entre democracia, capitalismo y bienestar social. Por otro lado, en Occidente se abría camino una nueva tendencia que encontró terreno fértil en Chile, luego del sangriento golpe militar: el neoliberalismo, que apoyó Estados Unidos para imponerlo en su órbita de influencia. Este sistema es de suyo autolimitante y autodestructivo por el menor control estatal, la creciente concentración de riquezas y la informalidad, que se suman a la privatización de las funciones del estado, lo termina necesariamente en el colapso de las naciones, como sucedió en Chile y actualmente lo vivimos en nuestro país, en el que se agregan dos ingredientes fundamentales: la peor corrupción posible y el narcotráfico, la otra cara de la moneda. Hay que encuadernar a Colombia.


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