El mejor ataque es la defensa

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Si algo enseña el fútbol es que, relativamente, las estratagemas que allí se usan tienen plena vigencia en la realidad. ¿Por qué? Pues porque en este deporte hay factores determinantes de la competencia de los jugadores, el más importante de ellos el hecho de que las manos, excepto en el caso del guardameta, están casi absolutamente prohibidas, incluso en el cuerpo a cuerpo durante la normalmente enérgica disputa por alguna pelota. No pudiéndose usar las palmas (de pulgares oponibles tan útiles), y con el encuentro entonces por resolverse a las patadas, tratamos cuestión que, en principio, demanda cierto equilibrio respecto de su debida ejecución: desplazamiento, mirada arriba y sin tropiezo, en tanto se acaricia a la redonda; preciso golpeo de esta hacia el gentío y escape al espacio solitario; sorteo de opuestos en pos de ángulo de disparo silencioso, etcétera.

Es armonía que se parece a la misma requerida en la derrota de los rivales de fuera de la cancha. Por supuesto, deviene lógico que existan en el fútbol condicionamientos adicionales, además de la proporcionalidad que ofrecen las inteligencias espacial y corporal, de un lado, y el coraje puro, del otro, que a la larga fuerzan la predilección balompédica del mundo; por ejemplo, el contacto físico, mediante el que se mide legítimamente entre futbolistas la velocidad, el nervio, el alcance aéreo o ya el nivel de concentración en situaciones de presión. De manera que la suma de tantos imponderables vuelve al balompié el lápiz corrector de la cotidianidad por excelencia. No obstante, tal que lo enunciaba inicialmente, deseo apostar por una teoría que aquí se emancipa: así como las artimañas del rectángulo de juego bien pueden imponerse en la vida, también es dable lo contrario.

Se ha repetido, acaso desde la ilusión, que las escuadras que acometen con furia reciben menos goles, cuando no ninguno. Cosa que se desmiente a largo plazo. De ser verídico, “los romanos del norte de Europa”, los holandeses, que nunca cumplieron su promesa en cuanto a selecciones, lo habrían logrado con eso del “fútbol total” de Michels y Cruyff. No lo hicieron: aparte del espectáculo coreográfico, los intercambiables de esta maravilla de sistema, “en el que todos defienden y todos atacan”, se cansaban, caían, se quebraban en el momento decisivo. Pasó hace cuarenta y seis años, luego al cuatrienio, y, últimamente, en 2019, mientras el Ajax celebraba por anticipado ante el muy sudaca Tottenham. De ahí que el asunto no sea solo correr y meter pierna. Sin pensar no se vence.

Prueba de ello fue el sesentero Internazionale de Helenio Herrera, padre del “encadenado”, defensivo esquema que sentó las bases de su contraofensiva psicológica (“Se juega mejor con diez que con once”, “Este partido lo ganamos sin bajarnos de autobús”, etc.), y que, con trofeos, acalló voces. Ahora pienso que la primera Colombia de Maturana hizo méritos: a falta de la potencia de los equipos físicos, de roce internacional y de arietes, dio en admitir astutamente dichos límites y emplearse en lo suyo, que era marear el balón para defenderse, infligir fisuras, esperar; quizás anotar. Décadas después, Joseph Guardiola habría de aprender las lecciones de sus mayores.


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