Pequeñas certezas

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Vamos a ver. Lo primero es definir de una buena vez la escritura correcta del término no lexicalizado aún que, sin embargo, se puede usar con propiedad en el señalamiento de la plaga de hoy.
El portal de noticias de la Real Academia Española –RAE-, titubeante, temeroso, con acento de barbijo, intenta sentar claridad: covid-19 es el acrónimo en inglés de coronavirus disease, y el añadido de los dos últimos dígitos del año de su emergencia, 2019; así, por su naturaleza femenina en español (la enfermedad del coronavirus) debería anteponérsele el artículo de ese género: la covid-19. Los académicos recomiendan escribir en mayúsculas todas las letras de la palabra: Covid, pues no se trata de un vocablo castellano todavía, y, mientras no lo sea, no se lo podrá tipear completamente en minúsculas, con naturalidad. Hasta ahí, todo bien: el cifrado culto es “la Covid-19”, y ya está.

Pero, como el uso mayoritario le asigna una patriarcal índole masculina a este mal, la RAE matiza que no pasa nada si a tal se lo denomina el Covid-19, debido a que tampoco hay que olvidar que por una figura retórica de sustitución (metonimia), diciendo el COVID se habla de un virus, de un “él”, y ello deviene válido. En fin. Parece que los dueños del idioma se sienten igual de inseguros que los científicos, políticos y ciudadanos de a pie que no terminamos de entender la cuestión. Por ejemplo, ahora resulta que, según la Organización Mundial de la Salud, la desinfección de calles no tiene por qué espantar al microorganismo; paralelamente, se especula con éxito por desinformadores de oficio que el porte ininterrumpido del tapabocas podría ser contraproducente: comentan que, luego de la protección prolongada, se empieza a respirar el propio dióxido de carbono. Qué sabe nadie.

También identificaron una aparente nueva manifestación de la infección, consistente en unas inflamaciones en los dedos de los pies; aunque, simultáneamente, un médico italiano ha venido expresando que la ferocidad de un par de meses atrás de la COVID-19 caducó, y que sus rasgos actuales son menos fatales, como si en Italia la peste estuviera descendiendo en la escala de poder de intimidación. A mí, estos agujeros negros de información me recuerdan, de una manera retorcida, la predicción de la vidente gringa Sylvia Browne, muerta hace siete años, y que en 2008 escribió un libro a través del que, con curiosa precisión, narró la llegada en el año 2020 de una pandemia “similar a la neumonía”. Dijo que, no obstante grave, por el desconcierto global, iba a desvanecerse de un momento a otro, lo mismo que había surgido. A veces, Browne suena a la más coherente de todos.

Se va sabiendo a voz baja entre nosotros que no nos podemos encerrar indefinidamente en casa, y que la famosa cuarentena vertical (los contagiados se aíslan, el resto, máscaras y geles en mano, a la calle), una vez aparezca la plata suficiente para practicar las pruebas que la sustentan, tendría que ejecutarse en tanto que plan de acción de mediano plazo. Entonces se atenuaría el golpe a la subsistencia sin dejar de luchar contra la muerte. Los países que en un futuro próximo podrían vivir semiacuartelados, quizás Colombia, lo harían porque no tienen con qué examinar a cada ciudadano.


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