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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



De un lado, Donald Trump, Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador. Los presidentes que inicialmente negaron la realidad de la pandemia, y que después le quisieron bajar el tono a su existencia; los mismos que, una vez contagiados masivamente, siguen diciendo que si bien la cosa no consistía en un resfriado, tampoco era nada del otro mundo.
A ellos los han acusado de tratar de proteger al gran capital, con eso de pretender que no se frene a la economía (concepto que alude en especial al sector productivo, a sus dueños), y de seguir adelante mediando cautelas sanitarias… o sin tales, que de todo hablaron dichos señores. Supongo que al grupo de “los despreocupados” habría que anexar a Lenin Moreno, de Ecuador, y a Daniel Ortega, de Nicaragua, pero creo que en sus casos el problema se define mejor por incapacidad y corrupción antes que por intención política.

Trump y Bolsonaro son casi copiada broma autoritaria, de modo que la alineación no extraña. ¿Y López Obrador? Todos los días el líder mexicano se defiende atacando a “los conservadores” de su país, quienes, es de presumir, tratarían a la salud pública igual de mal que él lo hace. ¿Entonces? Con precedencia al cambio de orilla, debe examinarse la medianía, donde están parados tres de los presidentes latinoamericanos: el chileno Sebastián Piñera, al que este incendio le vino a apagar el que tenía vivo desde octubre de 2019 en las calles (la Providencia, dicen), conserva números pandémicos aceptables, no obstante inferiores para el prestigio mapuche; Martín Vizcarra, que llegó medio de carambola a ser jefe de Estado de Perú, y que venía trabajando diríase bien, intenta no perder completamente el control de la enfermedad; e, Iván Duque, a quien Colombia conduce (ello le lacera menos que un escándalo de compra de votos), y del que no hace falta agregar palabra.

En Chile, Perú y Colombia la situación se mantiene estable. La pregunta es hasta cuándo, pues, aunque se ha retrasado lo inevitable, es evidente que llegado el pico de la peste no se pueda hablar de estabilidad ni se sepa qué va a ocurrir a continuación. Desde luego, si nos referimos a retrasos exitosos, es menester irse al andén opuesto de este listado: Alberto Fernández, de Argentina, y Nayib Bukele, de El Salvador. El primero, peronista, buscando su propio caudal político y así desprenderse de la asfixia de su vicepresidenta, Cristina Fernández, optó por tratar de segar al virus de raíz, en un pueblo no muy amigo de limitaciones individuales. El segundo, el payasito salvadoreño, populista de derecha, ansía alocadamente aparecer a lo protector, y en dicha clave insiste en justificar la toma de medidas antijurídicas y barbáricas, e, incluso, en entrometerse en la vida de naciones serias, tal que lo hizo frente a Costa Rica.

Como se ve, en esta crisis no valen coherencias ideológicas. Las ideologías cedieron ante el talento de los políticos en el travestismo de sus pretensiones: hay dirigentes, de diestra y siniestra, cuestionando el encierro, y ha habido los de idénticas corrientes que decretaron semejantes aislamientos. No se trata de humanitarismos, o de purezas científicas, sino apenas de oportunismo.


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