De mujer a mujer

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM

Lo que ha pasado con Hernán Gómez, fallido técnico de la selección colombiana de fútbol, y su para nada sorpresivo comportamiento ante a una mujer saliendo de un bar en Bogotá, debe servirle de ayuda especular a esta violenta -que no necesariamente valiente- Colombia que habitamos.

Se trata, por supuesto, de una conducta muy esperada del patancito entrenador antioqueño, quien se ha hecho famoso en el ámbito del fútbol por el lenguaje de cuatrero que utiliza en las ruedas de prensa, por el episodio nunca esclarecido -teñido de mafiosismo- que vivió en Ecuador, por sus reversazos permanentes en cuanto a sus falsas renuncias, y claro, por sus acostumbrados fracasos como técnico de fútbol de categoría.

Recuerdo ahora, a propósito de la golpiza que este cobarde le propinó a la indefensa mujer que lo acompañaba, un incidente sucedido en Barranquilla durante las eliminatorias mundialistas de 1993.

Unas semanas antes del hecho a que me refiero Gómez había declarado a un diario que lo entrevistaba que él era "tan estricto" que obligaba a los jugadores de la selección a orinar sentados para que así estos no le ensuciaran el inodoro, representando un papel de mamá regañona muy alejado del ambiente viril del fútbol, cosa, por lo demás, risible.

Así fue como en plena concentración, en una calle de Barranquilla, a un paisano le pareció muy chistoso hacerle a Gómez la consabida mamada de gallo caribeña en relación con lo de la orinada sentada y demás, ante lo cual el técnico, bravo como es con las mujeres, pero nada más con ellas, y sabiéndose apoyado por la gente de la selección de esa época, fue directico a donde estaba aquel barranquillero anónimo, a pegarle, como si de una fémina se tratara -pensaría él-, con tan mala suerte que el personaje en cuestión no se dejó amedrentar por la arrebatada conducta de quien debería haber mantenido la compostura dado su representativo cargo, y le ha sabido mostrar cómo es que somos por aquí, zampándole un bonito golpe en el ojo que le dejó el pómulo multicoloreado al tal Gómez durante un par de semanas. Ojalá entonces hubiera aprendido la lección.

Pues claro que no respeto a este personaje, y claro que lo quiero fuera de la selección del fútbol que representa a mi país: aborrezco la sola idea de que sea alguien tan indigno el encargado de llevar los colores de nuestra bandera por el mundo. No comprendo cómo puede siquiera dudarse acerca de la echada por la puerta de atrás que se merece. Aunque, cuando lo pienso mejor, encuentro razones, y entre otras, imagino que Gómez es el elemento más conveniente que tienen los tipazos de la Federación (quienes, increíblemente, dejaron a la cuna del fútbol colombiano, Santa Marta, por fuera del Mundial) para hacer lo que sea que hacen en aras de ganarse una platica con este negocio.

Más allá de toda otra consideración, el hecho es que la permanencia de Gómez en la selección de fútbol es una afrenta contra las mujeres de Colombia. Así de claro lo veo. Dejarlo en su puesto, e inventarse cualquier estrategia para perpetuarlo (como la carta firmada por el montón de jugadores mediocres de la selección que lo están respaldando), representaría un inaceptable escupitajo a la cara de la mujer colombiana. Pero, y ¿dónde está, a todas estas, ella, la mujer colombiana?, ¿dónde está el feminismo de que tanto hablan, la igualdad de sexos?, ¿por qué tan calladas, y por qué algunas hasta han defendido al impresentable Gómez?

No quiero pensar que la costumbre del maltrato las tiene mudas y conformes (como a la senadora conservadora, Liliana Rendón, quien se siente educada cuando la golpea un hombre). Quiero pensar, en cambio, que las mujeres colombianas se han quedado calladas por razones de ética de género, es decir, porque consideran lo sucedido entre Gómez y su acompañante como un simple encontrón entre colegas, una peleíta de niñas, algo de mujer a mujer que no merece la mayor trascendencia. No encuentro más explicaciones al silencio de que me quejo. Sea como fuere, Gómez debe irse: no espero menos.