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¿El hombre en la arena que dijo Roosevelt?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Los que han conocido a Donald Trump, el empresario, el hombre de decisión y acción, el mujeriego al que las chicas le permiten cuestiones privadas en público, el apostador, el truhan, el ventajista, el mentiroso…, todos coinciden en algo que está lejos de ser tanto un halago como un escupitajo a su rubia cabellera: el tipo se la juega al cien por ciento, a tiempo completo, en cada asunto que trata. Dicen que igual en público que a puertas cerradas es como una máquina de buscar el triunfo, que se vale de armas reales o ficticias (inventadas por él mismo, o ya arrebatadas a la oportunidad, al momento), y que nunca, jamás, en ninguna circunstancia, acepta o aceptará haber perdido en nada. Se le reconoce, incluso por parte de sus detractores, que antes de ello se lo verá luchando para revertir una situación catastrófica en la oportunidad de obtener alguna victoria, pequeña, mediana, grande, da igual. Y que te dirá a la cara, en cuanto lo crea estratégico, que eso es precisamente lo que quiere, nada menos; pero que también te dejará saber que siempre se podrá negociar algo.
Lo que importa, en esta discutible pero intrínsecamente coherente lógica de actuación (podría concluir algún despabilado), es negar con hechos haber caído, para desmoralizar al oponente, y, así, también, magnificar aquello que se haya logrado, por mínimo que sea. En otras palabras, cabría asumir que la meta de Trump ha sido construir moles de oro con voluntarismo intenso desde su egoísmo, su optimismo real o ficticio (o real y ficticio a un tiempo, ¿por qué no?) y su energía, candela viva. Empuje, viveza y deseos de imponerse a cualquier cosa que se presente, humana o… divina.
Quienes han tratado al presidente de los Estados Unidos afirman que esta característica personal suya no es gratuita y que tal se debe primordialmente a que su padre, Fred Trump, le mostró desde niño y con dureza que la vida era una competencia permanente. Que no había lugar para las debilidades ni las autocompasiones (ni para otros sentimientos, como la culpa o el remordimiento) en la existencia de los hombres; y, no menos importante, que lo de ser niño consentido tal vez les iba a los descendientes del Mayflower (ilustres mequetrefes), pero que, ellos, los nuevos ricos en un país de muchos ricos, si querían tener más, tendrían que ser como auténticas fieras (aunque revestidas de terciopelo) en la jungla que era y sigue siendo Nueva York, la capital de un indiscutible imperio forjado por codicias tan feroces como la suyas que, a pesar de todo, deberían superar.
Esta pelea le correspondería darla a Donald por sí solo, habrá pensado Fred, puesto que el patriarca notaba con preocupación ya desde los primeros negocios del muchacho que, si bien tenía lo esencial (la fuerza para ir a las zancadas hacia adelante), carecía del realismo profundo que demandan los grandes proyectos para producir frutos duraderos, o al menos eso parecía. Así se forjó en parte este monstruo de la ambición que en lo sucesivo decidirá el futuro próximo del planeta a partir del juicio político que se le seguirá en el Senado de los Estados Unidos. Algunos apuestan en su contra, argumentando que está cansado, que es demasiado para su edad. Otros lo conocen mejor.


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