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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Recibí una deliciosa comunicación electrónica de parte de cierto caballero anónimo que, como regalo de navidad en causa propia, me permitiré contestar detalladamente. Al menos, iré a los apartes fundamentales de dicho texto elegíaco.
Me dice (¿vaticina, amenaza?) este amigo que “[...] clame al Dios eterno porque su final puede ser más doloroso. […]”. Supongo que se refiere a mi final. Debido a tal aserto, es necesario que le pregunte: ¿más doloroso que qué?: ¿de qué estamos hablando?, ¿con qué final estamos comparando el mío? Yo creo que si uno se va a dedicar a desearle a otro que su terminación llegue pronto y duela debe tener la delicadeza de ser un poco más específico.

Por lo demás, ¿los finales duelen?, o sea, ¿duele la muerte? No lo habría adivinado. Sea como fuere, si el autor del manuscrito escaneado lo que quiere es que el suscrito sufra, me es imperativo informarle que no tiene nada de qué preocuparse: sufro cada vez que el reguetón está en la radio, cuando hago abdominales y, solo a veces, si cae el Júnior de Barranquilla (casi glorioso tricampeón, al que le tuvieron que anular mal un gol). Ahora bien, es verdad que vivir derrotado no es lo mío.

No considero buena idea aceptar duelos verbales con todo aquel ciudadano que le pierde tiempo a refutar las cosas que uno dice por aquí, no en poco escritas a las carreras durante las noches de los lunes, incluso con sueño. Pues vaya si hay gente en este país que quiere picar pleitos. Sin embargo, en este caso, la mezcla de evocaciones bíblicas y de sabrosa inquina que encierran las palabras de mi corresponsal me hace pensar que se trata de alguien muy especial. Una criatura especial de la Providencia. Como ejemplo, esta exquisitez: “[…] Existen numerosos temas hermosos, positivos para escribir, no una constante crítica cargada de envidia, celo y odio. […]”.

Qué dolor. Desde que emito comentarios de opinión me han dicho de todo: resentido, ignorante, pretencioso, bruto, más es la primera vez que me dicen envidioso, celoso y odiador. Esto me tiene muy preocupado, tanto, que acabo de decidir que el próximo año empezaré a hablar de temas más lindos; tal vez de chismes de farándula (¿qué sería de nuestras vidas sin las noticias bonitas?) o acaso de lo entonado que canta el presidente de la República (y de lo bien que baila). Hasta podría dedicarme a analizar la métrica, la letra, la técnica vocal del maravilloso reguetón, ¿quién quita?

Cierra su intervención el señor de la carta con estas palabras: “[…] Basta… No sea perverso e irrespetuoso”. Creo que me confunde con alguien más el amigazo, pues, si bien es cierto que he sido perverso e irrespetuoso, nunca he dejado prueba de ello, y menos he borroneado nada en público al respecto.

Ante todo la imagen. En fin, creo que esta columna era más propicia para el sábado 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes. Aclaro que no lo digo porque sea alguna broma el archivo PDF que recibí a mi correo electrónico, lleno de letra masculina digitalizada y de trazo histérico, sino porque es la primera vez que intento aligerar en algo a los pacientes lectores (a quienes agradezco su compañía durante todo este año que termina) basándome en sus propias ocurrencias. ¡Salud!