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Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Había dejado de fumar por dos años enteros. Solía celebrar calladamente cada aniversario mensual, los días diecinueve, y en eso acostumbraba a repetirme que la fuerza de voluntad de un hombre era irreductible si este estaba decidido a usar tal arma.
La cosa es que, amante de caminar, de pronto empecé a notar que en mis largos paseos me faltaba algo del vigor habitual, a cada paso, y que ya no podía hablar por teléfono, o simplemente hablar, si quería al mismo tiempo andar por las calles a ritmo trepidante.

En esos momentos, atribuí parte del problema a la altura bogotana, que es pura traición. Pero, al ver que dicha merma de aliento tenía cierta vocación de permanencia, consideré oportuno cortar por lo sano y dejar de llevarme a los labios los tres o cuatro cigarros que, a determinadas horas de la jornada encendía: en la mañana, al mediodía, a mitad de la tarde, o ya en la noche. Me sentí mejor, indudablemente, con mayor confianza en mi capacidad pulmonar y más aire circulante: voz clara, manos inodoras.

Sin embargo, hace apenas unas semanas volví a las andadas. No lo hice, desde luego, presionado por nada ni nadie, sino estando a merced del romanticismo por revivir el tóxico trasiego de la niebla entre las vías de mi sangre, mal que me pese; lo hice, volver a fumar, porque me pareció que un par de pitillos no podían ser tan malos, o, porque, en cualquier caso, no generaban más daño que el que hace, digamos, la ridiculez de fingir ser bueno para los demás (y en esto pensaba al dar las primeras espiraciones mezcladas con el vapor condensado de una mañana de páramo). Fumé otra vez, en resumen, porque me dio la gana, que es la más bella de las razones. No fue por debilidad, vacío o nerviosismo: quise ser fumante contumaz porque el fondo celeste del sol frío de diciembre se constituyó en inspiración suficiente para ello.

Mientras me reencontraba con este amigo silente, aunque fiel e incondicional, trataba de recordar toda la información que a lo largo de los años ha sido presentada de forma más o menos entendible en relación con la capacidad asesina del tabaquismo (como si el que se matara solito no fuera el humeante a conciencia). En medio de tantos recuerdos, me vi a mí mismo haciendo una tarea escolar a colores, consistente en dibujar una calavera con dos tibias cruzadas superpuestas a manera de advertencia, y debajo alguna leyenda: cada cigarrillo fumado equivale a siete minutos menos de vida. ¿De dónde saqué números tan precisos? No lo sé. ¿Los habré inventado? No lo sé tampoco, no lo creo: tenía diez u once años, y era un niño todo lo serio que se podía ser. Tal vez no estaba muy equivocado, en cualquier caso: hace pocos días leí que, en promedio, un fumador constante ofrenda de diez a veinte años de su existencia por ese, su ritual.

Anduve comprando tabaco estacionario durante dos semanas exactas (me gustan las formas simétricas, los números cerrados). Y después lo volví a dejar, por segunda vez y para siempre. Nunca, ni antes ni después, compré la cajetilla completa de ninguna marca de cigarrillos. Esa omisión me hacía sentir libre, nada dominado por la discreta pasión individual que tiene dedicar cinco minutos a ver con detenimiento y desde afuera la circunspección de las ideas propias que entonces flotan con el humo. No obstante, me engañaba: la voluntad no siempre es libertad.