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Después del invierno

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Los últimos comicios electorales han sido objeto de completos análisis desde cuanta perspectiva hay.

Poco habría que agregar a la conclusión generalizada de que el país se movió al centro del espectro político, hastiado del Centro Democrático, de Álvaro Uribe y, especialmente, del vacío de poder que representan tanto la persona como la presidencia de Iván Duque. Queda casi nada para decir, excepto, quizás, que las maquinarias locales, fuertes como son, tuvieron que ver impotentes que la cuestión electoral se les equilibró esta vez, a partir de un voto algo más libre de la ciudadanía. No mucho más liberado, sino apenas lo justo y, sin embargo, suficiente para cotejar las cargas. A mi modo de ver, el asunto esconde una lógica invencible: las bases electoras se han dado cuenta de que en realidad nada bueno de fondo les pasa alcahueteando a los “tradicionales”, y les dio por probar con los que parecen deliberar mejor, así “apesten” a izquierda. 

Pues, con lo sucedido, fue derrotada la idea abstrusa de que aquello que no compagine con el partido de Uribe es inevitablemente castrochavismo, sendero simplista que a buen seguro no iba a tardar mucho más en llevarnos a la autodestrucción. Existen indicios de que se estableció con vigor que el pueblo colombiano, manipulable y tal, tiene su límite: en las propias Antioquia y Medellín se encargaron de demostrárselo al que hasta hace un mes era el ungido por la Providencia. A todas estas, cabe preguntarse: ¿acaso el nerviosismo por el proceso penal en contra del expresidente se le transmutó en derrotismo?; ¿hay, tal vez, cansancio respecto del uribismo y de su cantaleta paranoide mientras el desempleo avanza, el hambre arrecia, la plata no alcanza y la vida a cada momento es más dura para la mayoría?; y, sobre todo, ¿consistieron, estos resultados regionales, en la traducción colombiana de lo que está pasando en otras partes? 

Porque una cosa vale la pena tener en cuenta – y no creo haberla oído todavía-: lo que se está viendo en Chile, en Ecuador, que con matices es lo mismo que ha venido dándose en Argentina, en México, en Brasil, por aquí ya pasó hace rato. En Colombia, la “primavera” fue invierno. Entre nosotros, el florecimiento de movimientos por la democratización de la Nación se hizo de forma abrupta (es decir, violenta) hace décadas, cuando en las calles las protestas fueron reprimidas a la brava. Al instaurarse el “toque de queda” como forma de gobernar en épocas enteras, sin Internet ni redes sociales, el colombiano resultó exitosamente disciplinado en la creencia forzosa del conteo de urnas (más allá de que este fuera mentiroso o no) a cambio de que se le reconociera un resquicio de participación política. Todo bajo la lógica de que es mejor una migaja que nada. La represión enseñó esta esclavizante manera de vivir: si obedeces, nada te pasará. No creo que haya quien se atreva a negar sin avergonzarse esto que está de sobra probado.

No es casualidad que ahora uno de los pueblos más reprimidos de Latinoamérica, como el nuestro, se muestre dispuesto a ser uno de los que es capaz de real autodeterminación desde los votos. La violencia es la historia patria reciente, y ahí sigue; no obstante, aquella se juzga decreciente, o esa es la impresión que subsiste. Así, las revueltas de esos otros países bien caben allí: a la Colombia madurada a la fuerza lo que le sirve, hoy, es el debate abierto y directo.



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