¿Los muertos ajenos, unos buenos muertos?

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Escrito por:

Veruzka Aarón Torregrosa

Veruzka Aarón Torregrosa

Columna: Opinión

e-mail: veruzkaaaron.t@gmail.com
Hace aproximadamente 20 años tuvo lugar el primero de los tres asesinatos perpetrados contra miembros de la Universidad del Magdalena, de los cuales pese a que han sido juzgados algunos de sus autores materiales, la justicia aun le debe a las familias de las víctimas los nombres de los autores intelectuales de estos hechos.
Aunque ha transcurrido mucho tiempo, las familias de Hugo Maduro, Julio Otero y Roque Morelli, con gran valor y una inquebrantable constancia han reclamado respuestas no solo a la justicia sino a algunos de los sindicados y organizaciones criminales involucradas.

A sus 19 años, Melany Morelli quien para la fecha en que asesinaron a su padre contaba con tan solo 2 años de edad, decidió en los últimos días valerosamente exigir al sistema de justicia que no perpetúe la revictimización de su padre mediante la impunidad de quienes ordenaron su asesinato. Melany decidió recoger las banderas de su familia, la misma que ha transitado un duro camino de obstrucciones empleadas para dilatar y entorpecer el esclarecimiento de la verdad en este caso.

A pesar de que muchos nos solidarizamos con su dolor y sus justificados reclamos, no han faltado esos personajes a los que al parecer la desgracia nunca ha tocado su puerta, pero que aun así se sienten con la suficiente autoridad para salir a través de las redes sociales a descalificar sus denuncias. Resulta infame que estas personas se atrevan a intentar disminuir y degradar el valor que ha tenido Melany de exigir justicia para su padre, el mismo valor con el que su familia sobreviviente, ha tenido que enfrentar el poder de la corrupción en esta ciudad para mantener vivo el proceso que se supone la justicia sigue por la muerte de Roque.

Por si algunos no lo saben, a Melany no solo le arrebataron el derecho a disfrutar de la presencia y amor de su padre, sino que junto a su madre la obligaron a renunciar al derecho de vivir en su ciudad y cerca de sus familiares, debido a las amenazas de las que han sido objeto. El mismo modus operandi se utilizó con los familiares de Hugo Maduro –actualmente exiliados-, y la viuda de Julio Otero, quién murió en el exilio.

Me pongo en los zapatos de Melany y su familia, y la sola idea de atravesar su viacrucis, me estremece. No entiendo cómo esta ciudad ha decidido dar la espalda a sus muertos, cómo el frenetismo de las ambiciones personales de algunos, decidió que las vidas de Roque, Hugo y Julio, no eran suficientemente valiosas como para castigar públicamente la bajeza moral de a quienes se les señala como responsables de ordenar sus muertes.

Después de conocer algunas de las reacciones frente al clamor de Melany, me pregunto ¿De cuándo acá en esta sociedad nos comenzamos a atribuir el poder de juzgar el dolor que han padecido otros? ¿Desde cuándo nuestra sociedad decidió justificar la muerte de una u otra persona, en función de sus intereses personales? ¿En qué momento comenzamos a validar que el éxito de algunos líderes se cimiente sobre la sangre de otros?

Acaso existe un soterrado acuerdo en nuestra sociedad en el que hemos decidido que hay muertes que se justifican por “un fin superior” y uno de esos puede ser el proyecto político con el que pretendemos beneficiarnos? Es decir, ¿Hay muertos que son buenos muertos? Yo le pregunto a quiénes se desgarran las vestiduras por ese “fin superior”, si están dispuestos a sacrificar por éste, a un hijo, hermano, padre o pareja?

Nadie sabe cómo duele y afectan por siempre, la impunidad, la indiferencia y el olvido de la sociedad por la que alguna vez lucharon sus muertos.
Melany, no estás sola!, Somos muchos quienes acompañamos tus exigencias para que la justicia responda ante los 20 años de impunidad por la autoría de los asesinatos en la Unimag.

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