Que veinte años no es nada…

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Así, con el estribillo de dudosa sintaxis del famoso tango gardeliano, quiero sumarme al júbilo que en determinados sectores sociales ha despertado el aniversario 20 de nuestra Constitución Política.

El lunes se cumplieron dos décadas desde su nacimiento, pero parece que fue ayer.

Yo rondaba por entonces los diez años, y como tal, absorbía lo que pasaba en el convulso país en que vivía con toda propiedad; es así que hoy puedo recrear en mi memoria el miedo de aquellos días, que se sentía en las calles, creciente, desde mediados de los ochenta, con todas sus bombas, crímenes siempre impunes, dolorosos magnicidios, mafiosos elevados a héroes, droga por aquí y por allá, guerrilla, paramilitares, corrupción cómplice de todo lo anterior, y el consecuente desprestigio de llamarse colombiano.

Y no sólo desprestigio interno y externo: era, además, peligroso, ser colombiano: era una fuente de incertidumbre.

¿Que lo anterior no ha cambiado mucho? Pues claro que no. Soy muy consciente de eso, al fin y al cabo me he pasado los últimos veinte años en Colombia, y tengo la mala costumbre de ver los noticieros.

Sin embargo, y aunque las cosas no hayan variado decididamente para bien, sería justo reconocer que, respecto de la vida nacional, los colombianos hemos desarrollado cierta disciplina del optimismo, en virtud de la cual nos hemos negado a desaparecer como país.

Si bien el fracaso del Derecho (y del Estado de Derecho) era más que patente en 1991, ciertamente la nación se rehizo y, como pudo, alcanzó a lanzar un grito de guerra contra sí misma, contra sus propios males: eso significó la Asamblea Nacional Constituyente en su momento, y la promulgación, en nombre del pueblo soberano, de la Constitución resultante. El parto -analogía que me gusta- fue más fácil, no obstante, que la propia gestación.

Hoy no quiero detenerme en las particularidades jurídicas de la vigente Carta de derechos, con todas sus inclusiones, innovaciones, talante liberalizante y demás bondades democráticas. Ya otros se han pronunciado, en mejor forma, acerca de la insoslayable pertinencia de las instituciones creadas por la Constitución de 1991, como la tutela (¡por Dios!, ¡qué sería de los colombianos sin la tutela!), la Corte Constitucional (verdadera madre de la patria), la Fiscalía General de la Nación, etc.

Me gustaría rescatar, en cambio, el espíritu social que hizo posible a la veinteañera Constitución, el ánimo que movilizó al pueblo colombiano, y que lo descubrió solidario consigo mismo, fuerte, unido, decidido a dominar su destino.

¿Se referiría Rousseau a tal espíritu con lo del contrato social? Puede ser. Ya que más allá de que el 30 ó 40 % de los delegados a la Constituyente estuviera financiado por la mafia -según se dice-, y de que la Carta haya sido modificada casi treinta veces en veinte años -tantos son sus enemigos-, y de que muchas de sus disposiciones se hayan quedado vergonzantemente en el papel -cuán grande es todavía la corrupción-, lo cierto es que la Constitución de 1991 fue todo un triunfo de los colombianos de bien sobre su propia indolencia, mezquindad y egoísmo.

¿De qué otra forma se explica que un pueblo tradicionalmente fraccionado se haya puesto de acuerdo para algo serio en cuanto a su futuro? (A mí no me digan que el Frente Nacional fue un acuerdo verdadero). Entonces, me pregunto, ¿tenemos, los colombianos, que tener el país casi destruido para poder consensuarnos sobre lo fundamental? No.

Por el contrario, estoy seguro de que, si quisiéramos, podríamos vivir permanentemente, a diario, el ánimo constructivo, patriótico, de cohesión, que nos entusiasmó hace apenas veinte años: al fin y cabo, veinte años no es nada.



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