Civismo y urbanidad

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Cuando se mencionan estas palabras evoco la resplandeciente etiqueta británica con ese estereotipo de intachables personajes caracterizados en el cine por James Bond, Simon Templar o Phileas Fogg.
Es fácil también remontarse a los tiempos del venezolano Carreño -tan ajeno a los actuales políticos de estos países tropicales-, pero además a aquellas calendas cuando en Colombia dominaban la decencia, el respeto y el buen trato: las formas guardadas, decían los mayores. Opuesto a ello, como fruto del desmembramiento de esas materias del pensum escolar básico, en medio de mayorías de muchachos decentes aparecen catervas de jóvenes adocenados con vulgares procederes que avergüenzan al más ramplón. Pero la elegancia contemporánea está en el justo medio: ni la caricatura caduca ni el salvajismo presente.

“Gracias, por favor”, palabras mágicas que aparecerían cualquier conversación decente, concedieron majestad a un léxico vergonzoso, ataviado de una insoportable patanería y atemorizadora agresividad contra todo lo que se mueva. Ceder el paso a otras personas, respetar un semáforo o una fila parece una afrenta insoslayable para estos salvajes modernos. La consecuencia de esa bastedad es la violencia, la inmoralidad y la corrupción, plagas que azotan abrumadoramente a la sociedad respetable; de contera, dominan a tal punto que la decencia se convirtió en moneda escasa y devaluada.

Hemos confundido la libertad de expresión con el libertinaje de la chabacanería. Muchos padres han delegado en colegios y escuelas la responsabilidad de la formación en respeto y valores; súmele ahora la densificación urbana, la falta de espacios públicos seguros y el consecuente confinamiento de los niños, la exaltación de los antihéroes, influencias perversas y la posibilidad del fácil enriquecimiento que han distorsionado el sentido de la convivencia decorosa. El panorama es desalentador, pero no estamos perdidos. La verdadera formación empieza en casa, y debe reforzarse en los centros educativos. Cada derecho trae consigo un deber ineludible, y es importante que nuestros jóvenes lo entiendan. También, que mis derechos van hasta donde comienzan los ajenos. Son muchas las tareas pendientes.

Escuelas y colegios deben liderar iniciativas para devolver a su preeminente lugar el debido comportamiento social, con proyección formadora en valores, principios, tolerancia y respeto. Y no me refiero a regresar a los tiempos de bastón y cubilete, sino emerger del pantano en el que estamos sumergidos. Nuevamente, tener respeto por las normas de adecuada convivencia; que el abandono o el maltrato infantil sea tema superado; que los ancianos tengan un final digno; y que los héroes no sean ídolos de barro sino los millares de ciudadanos que anónimos salvan a la sociedad de la debacle.

Las autoridades educativas deben revisar a profundad qué hacen por sus estudiantes. El ciudadano se construye desde el hogar, claro, pero complementado con los centros educativos; es allí donde los chicos pasan la mayor parte del día, con personas en principio destinadas a moldearlos, quienes deberían estar bien pagos, naturalmente, pero demás comprometidos con su causa. El rimbombante lenguaje de los contenidos académicos oficiales no se refleja con frecuencia en el producto final; parecería que los desarrollos fallan, y de qué manera...

Ya las campañas políticas están en curso, dedicadas a destrozarse mutuamente, sin que la palabra educación aparezca siquiera como referencia para atraer votantes. La violencia verbal y la mentira captan más seguidores que el decoro y las buenas costumbres; parece más atractiva la propaganda negra que las plataformas políticas serias. Mientras esto sucede, crece la masa de zafios que redondean ese círculo vicioso. Mientras los partidos políticos no tengan vocación educativa seria sino interés en la alienación política, no habrá propensión a educar de verdad al futuro ciudadano. Es sabido que con mayores niveles educativos de los ciudadanos decrece la posibilidad de malas selecciones; de ahí el desinterés en formar ciudadanos educados. Mantener ese perverso statu quo les permite manipular a los votantes, y alienarles con mentiras, irrespeto, odio, intolerancia y agresividad hacia quien piense distinto. Lamentable...

Las naciones progresan cuando democratizan la educación, el trabajo es digno y bien pago y se genera capacidad de consumo; cuando las oportunidades no se concentran en muy pocos como sucede en Colombia, donde encontramos índices Gini o Pruebas Pisa vergonzosos. Se requiere regresar al civismo y a la urbanidad como punto de arranque para construir ciudadanos y sociedad. Es urgente y necesario.

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