Los ídolos de Bacon

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Narra la Biblia en el Éxodo uno de los episodios centrales de las religiones monoteístas surgidas del Medio Oriente, la adoración al becerro de oro, además de las Tablas de la Ley, y el mandato de Jehová para acabar con la idolatría.
El levita Moisés repitió sus palabras cuando descendió del Monte Sinaí: “Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí, no te harás imagen de ellos ni te inclinarás ante ellos ni los honrarás”. Este precepto se  repite en el Libro Sagrado, tanto en el Viejo como el Nuevo Testamento.

Francis Bacon, ese ilustre pensador británico pionero del pensamiento científico, nos advierte de los falsos ídolos (bueno, cualquier ídolo es deidad quimérica, inventada) usando la herramienta de la razón. Pero la sensatez desfallece por cuenta de nuestras ideas fijas, dogmas, creencias no cuestionadas y límites al razonamiento. Gracias a Enrique VIII, tuvo Bacon la fortuna de no terminar en la hoguera, pues el corpulento monarca inglés fue tolerante con pensadores como Francis, padre del empirismo científico. En su obra Novum Organum Sicentiarum, clasifica las falacias de su tiempo en cuatro grupos de ídolos, palabra que designa a las imágenes mentales que se mutan a ideas fijas y creencias veneradas que carecen de sustancia real. Esos ídolos, dice Bacon, impiden la adquisición de conocimientos partiendo de la realidad, de hechos ciertos y comprobables.

Para el filósofo inglés, hay cuatro clases de ídolos: de la tribu (Idola tribus), surgidos de nuestra tendencia a la exageración, desproporción, interpretación y distorsión. Asignamos explicaciones subjetivas y cualidades imaginarias que, con el tiempo, se fusionan con hechos reales haciéndose inseparables. Clásico ejemplo es la astrología; separar hechos de imaginación permite apreciar las cualidades reales de ambos componentes. El ídolo de la caverna (Idola specus) aparece en la mente de los individuos. Por ejemplo, quien se dedique a un campo específico del conocimiento verá la realidad filtrada por sus saberes e intereses, matizado por sus creencias. Es el campo en el que creyentes y no creyentes debaten permanentemente. Todo hombre tiene su caverna personal, dice Bacon. Los ídolos del mercado (Idola fori) son para este pensador los más perniciosos, pues los significados de las palabras son creación subjetiva y artificial pero se regulan según las capacidades del vulgo para entenderlas. Su pobre e inepto uso del lenguaje impone un cerco a la inteligencia, afirmaba. Divide a estos ídolos en dos: palabras que surgen de teorías falaces, por ejemplo, el geocentrismo; y las que surgen de abstracciones y segmentaciones de la realidad; por ejemplo, la palabra nieve corresponde a diversas sustancias en distintas lenguas, y de ahí salen equívocas interpretaciones. Por último, los ídolos del teatro (Idola theatri), originados en la filosofía, la ciencia y la teología, propuestos por sabios y aceptados como verdaderos por el común de la gente. Los postulados emitidos por los sabios no son cuestionados. Pero muchas estructuras de pensamiento, como religiones o sistemas políticos se erigieron sobre bases erróneas, aunque la gente las da por ciertas ante la pompa y la teatralidad de esa idolatría.

La política en Latinoamérica especialmente, y en los países autodenominados “civilizados” ha caído en las temidas idolatrías. Los mesianismos aparecen en cualquier sistema político o filosófico, en algunos casos adobado con el peligroso ingrediente de las confesiones religiosas. La reivindicación de los pueblos son falaz argumento de quienes los atropellan, como apreciamos en cualquier somero repaso de la historia. Ídolos mesiánicos han aparecido en todas partes y todos los tiempos, de cualquier “filosofía” política. Hay que inmunizar el pensamiento de los pueblos de esos deletéreos personajes, muchos de ellos ególatras tocados por alteraciones sicopáticas.

Los ídolos de Bacon están tan vivos y vigentes hoy como hace cuatrocientos años. La idolatría rechazada por Jehová está tan vigente ahora como en los tiempos de Aarón. Esos demonios aparecen diariamente en muchos aspectos vitales. Pero, basta identificarlos, enfrentarlos como irreales que son y soplarlos con el halo del conocimiento y la luminosidad de la filosofía; se desvanecerán ante sus ojos como lo que son: meros espectros. No les tema.

Apostilla: Nuestro rechazo absoluto y contundente al terrorismo, uno de los demonios de nuestra era, y nuestra solidaridad con sus víctimas, sean en Chelsea, Buenaventura o La Guajira.

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