Locos en luna llena

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

El imaginario popular atribuye aciagas leyendas a las noches de luna llena. Hombres lobos y vampiros que salen en busca de víctimas, y dementes que llegan al culmen de su locura. La realidad indica que los desquiciados realizan sus chifladuras en cualquier momento. La reciente demostración de poderío realizada por el gobierno Trump provoca un reacomodamiento de fuerzas militares y políticas, similares a la época de la Guerra Fría. El mundo entero está en serio peligro, y no precisamente por las fases selenitas, sino por esos perturbados mentales aparejados con las más poderosas armas que la humanidad haya conocido.


La inerme población civil de Siria asiste como víctima impotente a un violento enfrentamiento entre las fuerzas armadas de su país (represión), el Estado Islámico (subversión fundamentalista), Estados Unidos (ataque) y Rusia (defensa). Armas químicas, misiles, bombas y armas de toda especie azotan a los inocentes ajenos al conflicto, mientras los poderosos juegan a la guerra, como pasa siempre... Su trágico sino: petróleo (siempre el petróleo), oleoductos y privilegiada posición geoestratégica en el Mediterráneo, un apetitoso botín.

En medio de la mayor impopularidad de presidente estadounidense alguno en la historia, Donald Trump ataca no muy exitosamente en Afganistán con la supérbomba MOAB (Mother Of All Bombs, en lenguaje popular). Los rusos muestran su explosivo, todavía más contundente: “el padre de todas las bombas”, le llaman, con una potencia 4 veces mayor y capacidad destructiva 20 veces superior. ¡Qué bellezas! Las conversaciones entre el presidente ruso Vladimir Putin y el Secretario de Estado de USA Rex Tillerson que surgen de este ataque no arrojan resultados positivos y el futuro próximo se antoja sombrío y agresivo: más víctimas humanas, más desolación. Ambos países califican a la contraparte de peligrosa: ¿tendrán ambos la razón? El nivel de las relaciones entre esas dos potencias se ha degradado al máximo, luego del rechazo tajante de Moscú a un ultimátum de Washington. Por ahora, se oculta momentáneamente el fantasma de la intervención rusa a favor de Trump en las pasadas elecciones. Pero, ¿se reactivará la batalla de 2016 por el control del Mar Negro y Ucrania?

Para echar más leña al fuego, Trump movió una flota de portaaviones a la península de Corea amenazando a Pyongyang, mientras intenta convencer a Xi Jingping, presidente de China, que frene la carrera nuclear de Kim-Jong-Un. El líder supremo norcoreano no está dispuesto a ceder a la presión norteamericana, lo que podría desatar un ataque al país asiático y respuesta con bombas nucleares a Estados Unidos. Dicen en Washington que el escudo aéreo atajaría los misiles coreanos. ¿Qué sucedería si alguno alcanza el territorio estadounidense? ¿Una guerra atómica?

Cuanta locura. El fundamentalismo, tanto político como religioso, provoca inenarrables tragedias desde que el mundo es mundo. Si se juntan, el asunto es peor. Guerra y desolación, con víctimas inocentes que caen por montones gracias a unos desquiciados que juegan a los soldaditos de plomo. Su demencia, atizada por la paranoia, se alimenta de mentiras difundidas permanentemente por medios de estupidización masiva al fértil terreno de la ignorancia y el analfabetismo político. Solamente ganan los poderosos señores de las guerras, y sus protervos intereses materiales y mundanos. La vida humana, los ecosistemas, el futuro del mundo y el bienestar de las gentes nada importan; para ellos, solo cabe sumar más dinero en sus rebosantes arcas, tener más objetos de relativo valor económico y poder ilimitado para continuar sus demenciales arrebatos guerreristas. Nada tienen que ver las noches de luna llena; sólo la codicia los impulsa. De nada valen los ruegos y exhortaciones del Papa Francisco por la paz mundial: sus deseos mueren en esos poderosos, mal llamados cristianos, modernos fariseos de golpes en el pecho, rasgadura de ropajes y públicas penitencias.

Apostilla 1: El gran Martín Elías partió para unirse al coro celestial del Olimpo vallenato. Cada día más nutrido, para alegría en los cielos y tristeza en la tierra.

Apostilla 2: ¿Un club sub 30 del vallenato? Varios artistas del vallenato murieron trágicamente entre los 20 y 30 años: Martín Maestre –tío de Diomedes- a los 25 años; Patricia Teherán a los 26, Kaleth Morales a los 21 y ahora Martín Elías a los 26. La imprudencia marcó el rumbo de estos artistas hacia el otro mundo en producción ascendente a tan incipiente edad.

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