Vocación suicida

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Admirable país es Costa Rica. En contravía de la estupidez latinoamericana, decidió convertirse en ejemplo mundial. Cerraba el año 1948 cuando José Figueres, presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República que gobernaba después de la Guerra Civil, decidió disolver el ejército.
La foto del acto muestra al mandatario dando un simbólico mazazo al Cuartel Bellavista, ante la mirada impasible de un soldado de fusil y bayoneta. Se imponía la voluntad de crear una sociedad civilista y civilizada; como garante del orden público, crearon la Policía Civil. El General Figueres expresaría posteriormente: “Entregué el edificio para sede de un museo de antropología que hoy sigue irradiando cultura”.

En emotivo discurso, Figueres resalta la necesidad de cerrar las heridas que deja la guerra en el espíritu colectivo, para continuar sin traumas hacia una democracia civilista, consciente del valor supremo de la paz. Costa Rica tenía el más poderoso ejército de Centroamérica a finales del siglo XIX, con 35.000 hombres de 400.000 habitantes. Naturalmente, con la decisión de acabar con esa fuerza militar, los hierofantes del catastrófico belicismo auguraron apocalipsis que jamás ocurrieron. Pero, a cambio, emergió evidente y benéfico el desarrollo humano: el dinero aplicado a destruir mediante las armas se empezó a usar paran construir nación. Educación y salud fueron los primeros beneficiarios; la esperanza de vida se aumentó significativamente (no sólo por la reducción de muertes violentas), el analfabetismo es inexistente hoy, y el gobierno financia totalmente las universidades públicas y los más importantes hospitales del país.

Cuando emergieron situaciones de potencial conflicto bélico con los países vecinos, la diplomacia encontró las soluciones. Ante tal posibilidad, una encuesta realizada en 1958 preguntaba por el restablecimiento del ejército: la respuesta fue un NO contundente, con más de un 90% de rechazo. El Pacto de Bogotá y el Tratado de Asistencia Recíproca protegen a Costa Rica de cualquier agresión militar. La fuerza civil se ha fortalecido y profesionalizado para combatir la delincuencia común, particularmente el narcotráfico.

Costa Rica, muestra de civilidad deslumbrante, ha renunciado a la depredación suicida. Allá protegen la biodiversidad como su mayor tesoro: su capital natural, lo llaman. Al tiempo, han fortalecido el turismo ecológico por encima de los edificios para playa y sol. Más interesante todavía: han proscrito la minería, que atenta contra sus tesoros naturales. La destructiva y poco benéfica explotación del petróleo no es su prioridad. La educación de alto nivel, el desarrollo tecnológico y el ecoturismo suplen en Costa Rica las actividades autodestructivas. Para ese pequeño país, 2,5 billones de dólares al año por ecoturismo no son despreciables. Más de 3,000.000 de personas la visitan con un promedio de 11 días de estadía por viaje. No hay chance de construir edificaciones comerciales dentro de los parques y reservas protegidas, lo cual redistribuye equitativamente el ingreso para los comerciantes locales.

El exministro costarricense de Ambiente, Manuel Rodríguez, dice: “Abrir los parques para infraestructura, hotelería, minería o hidroelectricidad pondrá en peligro la integridad ecológica, que nos surte de importantes servicios ambientales como el agua. Los parques son esenciales para la fijación de carbono, la polinización de los cultivos, entre muchos otros aspectos”.

Cuando observamos con dolor de patria cómo se entregan los parques y zonas críticas del país –páramos y nacederos de agua, por ejemplo- con enormes ventajas a empresas depredadoras, cómo la actividad delictiva –subversión, paramilitarismo, cultivos ilícitos, minería ilegal, etc.- destruye todo lo que toca y prospera ante la indolencia gubernamental, y cómo entre la corrupción y guerra consumen ingentes cantidades de dinero que debería usarse en actividades benéficas –educación, salud, infraestructura, investigación, protección de reservas naturales, cambio de actividades económicas dañinas por otras más responsables con la nación, etc.- piensa uno si nuestra clase política es consciente de su acción perjudicial, o si es un asunto de mero cinismo. Y es cuando uno piensa también: ¿por qué José Figueres no nació en Colombia?

El panorama es peor cuando Diógenes con su lámpara aún no encuentra el hombre honesto que busca, y Colombia, como en “El mito de Sísifo” de Camus, se debate entre el suicidio y la vida, como metáfora del inútil e incesante esfuerzo por cambiar las perversas costumbres políticas. En nuestro caso, salirnos de la desmedida vocación suicida, impulsada por políticos y partidos, y permitida por la ciudadanía. ¿Hasta cuándo?

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