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Sitcom

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Sitcom es el acrónimo en inglés para dos palabras de ese idioma: situation comedy. Simplemente la comedia de situación, en oposición a la comedia tradicional de sketches, que era una representación escénica cambiante, dinámica y muy divertida, pero carente de peso dramático.
También la sitcom se opone a la stand-up comedy, donde alguien funge de editorialista de la vida diaria a partir de su propia experiencia: en su dialéctica esquizofrénica y monotemática está gran parte de su gracia. Cada quien a lo suyo. La sitcom, no obstante su popularidad televisiva (Seinfeld, Friends, etc.), tuvo un origen paradójico, pues nació en la radio gringa de los años cincuenta del siglo pasado: me es difícil imaginar risas desde las situaciones vitales de personajes estructurados con sonidos, y no a partir de la imagen chistosa; sí es más factible, en cambio, pintarse el drama y el sufrimiento, incluso el terror, naciendo de las voces de los actores y de ruidos hechizos. Cosas culturales, supongo: la increíble proclividad anglosajona a reírse de todo y nada.

Los personajes, como en las obras profundas de la literatura o del teatro, son lo importante en la sitcom: su sola presencia en escena, sus gestos, voces, rasgos característicos, interacciones con otros personajes fijos, o con los cambiantes, debe generar casi automáticamente el argumento. Esto, si el sentido de la comedia está bien montado desde antes, claro, si la historia profunda tiene coherencia interna. Y tal sentido tiene que ir en precisa correspondencia con el timing que entre libretistas, actores y directores necesitan coordinar para que lo que se narra, además de esfericidad y compactación, esto es, poder de persuasión, cumpla con su función fundamental: hacer reír aun al espectador más estresado. Dicha coordinación, he concluido, es un ejercicio aritmético, ni más ni menos: son 22 minutos los que se tienen para todas las escenas, o sea, 1320 segundos; y, en promedio, calculo que hay una situación hilarante cada diez segundos. Esto significa que existe una media de ciento treinta risas, poco más o menos, por programa. ¿Quién las cuenta y me dice?

La sitcom bien hecha suele ser refrescante porque es muy cerebral. Incluso el manejo de las circunstancias emocionales de los personajes conserva el gélido vaho de pragmatismo y empuje que alguna vez hizo de los gringos la nación de la eterna reingeniería, del seguir adelante a pesar de todo, del burlarse de uno mismo, del pensamiento y no de la carga sentimental, del comeback y la victoria, y de todo lo que derivó en la creencia, fundada o no, de que “América” es “great”, a partir de cuya remembranza melancólica, como se sabe, es posible incluso ganar elecciones presidenciales.

La comedia situacional hace reír sobre todo a la gente acostumbrada a la acción: es la risa que se origina en la fisura: en el lado humano del maquinal acto, y no en simples abstracciones. Sin embargo, su aporte no es inane: siendo el producto de una historia cultural de un país, la corrección política gringa en ella inmersa es total. No se nota, porque no debe notarse, pero ahí está y hasta por aquí llega con fuerza (vean, si no, el filtrado humor de los criollos más jóvenes). Si fuera mamerto, diría ahora algo así como que eso hace parte del coloniaje cultural yanqui, que es lo que precede naturalmente al económico y militar. Y tal vez tendría razón. Pero habría que decir también que eso ni es de ahora, ni ha sido algo forzado. Finalmente: ¿qué queda más allá de la irresistible risa?: es posible que quien tenga el talento para hacer reír también sepa cómo dominar a los demás.


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