De juramentos hipocráticos

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Siempre he sentido admiración por los médicos; me conmueve la capacidad que muchos de ellos tienen para hacer la vida cuando la muerte acecha, el coraje con que luchan contra el destino natural de las enfermedades, la sangre fría de los cirujanos, el ánimo científico con que los de la bata afrontan cada problema clínico. No creo que la existencia humana se acabe si no existiéramos los abogados, por ejemplo, pero sin los galenos, sin su conocimiento y experiencia acumulados a lo largo de los siglos, es claro que la salud pública no sería más que una entelequia, y quién sabe si habríamos llegado hasta acá, como especie, para poder contar la historia. Así pues, me declaro respetuoso de la profesión médica en abstracto, de la investidura de salvador de vidas: no hay nadie más imprescindible. No puede haberlo, sencillamente.

Sin embargo, durante los últimos días, con ocasión de un asunto familiar, he estado recordando, tercamente, aquella opinión que García Márquez pone en boca de Simón Bolívar en "El general en su laberinto", cuando el Libertador se refiere a los médicos que se niega a ver muy a pesar de su terminante enfermedad. Dice, el Bolívar garciamarquiano -refiriéndose a los interfectos- algo así como que no son mucho de fiar esos mercaderes o comerciantes de la salud, de la vida, de la muerte… El Nobel colombiano ha debido de granjearse unos muy buenos enemigos entre los medical doctors, tan sensibles como son -aunque no siempre con sus pacientes-, pues, más allá de que se haya tratado de un acto de ficción, el del cataquero, ya sabemos que siempre hay algo de verdad detrás de esas cosas. ¿Y por qué no podría ser así, después de todo?, ¿por qué no hemos de creer que a algunos doctores, digamos, en Colombia, los seduzca la idea de ganar plata, no ya con el ejercicio de su profesión, sino con la defraudación de la confianza que el enfermo ha depositado en ellos, olvidando su ética profesional, aquello que llaman el juramento hipocrático?


Digo lo anterior porque me he enterado hace poco de algo que todo el mundo parece saber: existe un secreto sistema de incentivos que premia a aquellos médicos que hacen economías a favor de su empleador evitándole gastos en fármacos o en cirugías, todo a costa de la salud del tal vez moribundo paciente. (¿Premios en dinero o en especie? Habrá que preguntarles a los no menos sucios impulsores de tal mecanismo de "productividad", tan parecido a los falsos positivos.) Quisiera tener pruebas concretas de esto, saber más, para compartirlo.

Lo cierto, por ahora, es que son muchos los testimonios de personas que afirman haber sufrido una situación parecida: en principio, la clínica, el tratante, la junta médica, o el encargado que sea, le hace saber a la familia de la víctima que la enfermedad ha sido estabilizada y que lo que sigue es un procedimiento de "consulta externa"; esto, cuando el infortunado ya ha estado en cuidados intensivos, cuando no puede moverse, cuando la persistencia de su dolor indica que nada se ha solucionado. En este punto es la reacción de la familia la que determina si los profesionales que hacen esto se atreven o no a seguir con su farsa: si ella se queja, el diagnóstico será el real. No les queda de otra a los sinvergüenzas. Pero si, por alguna circunstancia, el paciente está solo, o no se ejerce la presión suficiente, o si, simplemente, los deudos, de buena fe, creen en lo que el doctor dice, pues que Dios se apiade del pobre ser humano al que le ha tocado en suerte uno de esos licenciados para matar.



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