Que entre el diablo y escoja

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM

Las elecciones presidenciales en los Estados Unidos han empezado a dejar, en el fondo, la idea de que Trump no es ningún outsider: los extraños son ellos, los gringos, que soportan un sistema en el que un tipo como Trump puede ser candidato con opciones reales de ganar y, en el que, al final, él resulta ser un candidato blindado ante cualquier tipo de verdad incómoda, como, por ejemplo, puede serlo el acoso sexual.
Se pone uno a pensar que si en el país del feminismo más cáustico pasan estas cosas, y el acosador sigue con los números altos en las encuestas (empate técnico hay hasta el día de hoy, de acuerdo a una forma de medición de la intención de voto), es porque algo anda mal. Si uno critica a una sociedad como la colombiana, entre otras cosas, por su indolencia, por su ignorancia de sí misma y de lo que la rodea, por su desinterés generalizado, ¿qué opinión puede tenerse razonadamente de su modelo incontestable, la sociedad yanqui?

Aunque es casi seguro que ganará Clinton, el simple hecho de que Trump esté dando la pelea hasta el final significa que en los Estados Unidos hay quien ve los “detallitos” del magnate como algo muy normal, tolerable, o ya como algo simpático y digno de imitar. Los días en que a un candidato a la presidencia se le condenaba por cuestiones morales han pasado al olvido, parece. Hoy, basta con saber manejar el cinismo, ante un público más bien estúpido, y listo: es usted un genio de la política. La moral, que es subjetiva, cuando se habla de política deja de serlo: ¿cómo puede un gobernante viciado exigir moralidad administrativa tanto a sus delegados como a los administrados? Es obvio que no puede hacer eso debidamente. Y si llegare a lograrlo, sería porque ese líder habrá logrado corromper el espíritu de los gobernados, hasta hacerlos tan iguales a él que pueda evitar los reproches sociales.

Que es lo que ha pasado aquí, lugar en el que la gente aplaude al corrupto, porque es un tipo “muy inteligente” que no se ha dejado pillar. Por eso mismo, los gringos se han burlado en masa, toda la vida, de las “repúblicas bananeras” de Centroamérica y de Suramérica. Ahora, en cambio, parece que los bananeros son ellos: no solo han dejado prosperar a un saco de desechos como Trump, que, risible y todo, es lo que es, sino que los debates han reflejado la precariedad de ambos candidatos como estadistas. Una sarta de acusaciones basadas en supuestos, por parte de ambos, con actitudes de plaza de mercado de por medio y violencia verbal constante. Eso es lo que estas elecciones yanquis nos dejan, algo que seguramente será imitado por aquí: la diferencia está en que allá no pasa nada si llega al poder un mafioso ignorante: hay recursos jurídicos para controlarlo. Aquí el que llega a una alcaldía de pueblo se cree el rey del mundo, y nadie lo para.

Yo sigo pensando que sería bueno en el largo plazo que gane Trump, pues no le veo nada de malo a un candidato que va a hacer con el poder global exactamente lo mismo que su no menos perversa contendora electoral, con la pequeña gran diferencia de que él lo hará grotescamente, es decir, con prescindencia de formas más inteligentes de imperialismo que la mujer de Clinton sí puede desarrollar. Ya padeceremos las decisiones de uno y otro por aquí, así que ojalá no gane ninguno.

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