Golpes de pecho

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Gracias al ADN botarate y culipronto de nuestros dirigentes colombianos, sazonado de un centralismo que se solaza en la contemplación de las montañas andinas, nuestros vecinos engullen vorazmente los territorios fronterizos.

La verdad, ya ni se siente dolor de patria o, de lo que va quedando… Si comparamos el mapa de La Gran Colombia inicial, observaremos su acelerada mengua desde entonces, en directa relación con la estatura moral de los gobernantes. Cada metida de pata suya los exhibe como tragicómicos personajes de Plauto. Patéticos argumentos de fatuos juristas, tan arrogantes como disparatadas aparecen sus tesis jurídicas, con el mismo resultado de siempre: una Colombia cuya grandeza ha desaparecido, si es que alguna vez existió.

Desde la “independencia”, algunos hechos asomaron evidentes: el mínimo sentido de pertenencia de los dirigentes nacionales (dicen que estos personajes quisieran ser europeos; los de ahora, exhiben la visa estadounidense como trofeo social); poco interés en preservar el sentido de patria -más importantes son sus negocios personales-; su necesidad de un yugo en el pescuezo, deseando ser manejados desde la distancia por algún admirado rey o presidente de idioma ajeno; el desprecio hacia nuestras leyes; la arrogancia frente al vecindario; y, el escaso respeto hacia el ciudadano. Por esas no tan remotas épocas, el Nuevo Reino de Granada (después, La Gran Colombia) tenía la Costa de Mosquitia, la Capitanía General de Venezuela, la Real Audiencia de Quito y una superficie de más de 2,5 millones de kilómetros cuadrados. Tal como lo soñó Bolívar.

Obsequios sucesivos de territorios y mares por cuenta de la ignorancia de nuestros centralistas gobernantes, distantes de la vida por fuera del “triángulo de oro” (Bogotá, Medellín y Cali) y, más aún, de las fronteras, han desmembrado dolorosamente nuestro mapa. Jirones de la Amazonía, Orinoquía, el Caribe y el Pacífico aumentaron las superficies y recursos (sí: petróleo, gas y otros minerales, amén de flora y fauna) del vecindario. El despiporre comienza con la entrega de Panamá y se acelera en el último siglo; los diversos tratados no pusieron fin a la ambición de nuestros vecinos. Incluso, la cesión de soberanía a los Estados Unidos por parte de los gobiernos liberales en oscuros conciliábulos, como se muestra en el libro “Colombia Nazi”. Oportuno recordar al ciego Urdaneta en 1952, regalando el archipiélago de Los Monjes y, de paso, el petróleo colombiano del Golfo de Maracaibo junto al mar territorial: el presidente Barco recularía tiempo después ante la amenaza militar de su homólogo venezolano Lusinchi por la presencia de la corbeta “Caldas allí. Godos y cachiporros feriando el país.

La “separación” de Panamá fue un absurdo obsequio en plena Guerra de los Mil Días. Marroquín, arrobado en éxtasis literario, escribía poesías en vez de gobernar; el congreso de entonces no ratificó el acuerdo que concedía a los Estados Unidos la construcción del Canal porque los parlamentarios, embelesados con los franceses, abandonaron al istmo a su suerte. Los enfurecidos habitantes, azuzados por los norteamericanos, declararon su independencia. La indemnización, tardía, fue de miserables $25 millones de verdes. Solamente, en 1932, una victoria militar sobre el Perú le permite a Colombia retener el trapecio amazónico: el tanto de la honrilla en medio de una goleada fenomenal.

Los dos últimos fallos de la Corte Internacional de La Haya, si bien nos parecen absurdos y lejanos a la justicia, restan mar territorial y colosales recursos en favor de Nicaragua. Los alardes patrioteros y tardíos golpes de pecho pidiendo absurdamente desconocer los laudos arbitrales ponen a los tres últimos mandatarios a señalarse mutuamente, pidiendo al ciudadano la solidaridad que nunca le han dado. Todos tres tienen responsabilidades compartidas con sus incompetentes equipos jurídicos, armados más por barata politiquería que por peso jurídico internacional. Nadie sabe qué habas se cuecen.

Retórica livianita, rebuscada y vacía, incapaz de explicar cómo, sin hacer un solo disparo, Venezuela, Brasil, Ecuador, Costa Rica, Ecuador, Nicaragua y Estados Unidos nos despojan de territorios con la venia, pusilanimidad y cobardía de la alta dirigencia central; somos país de juristas, dicen. ¿Todavía aspiran al apoyo del ciudadano en sus peleas internas y externas, cuando en verdad no ganan una? ¿Tienen todavía la cachaza de hablar de patria? ¿Qué pasará si, por decir algo, Bolivia nos reclama una salida al mar? Apuesto que sus negocios los defienden de otra manera…

 

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