Colombia o nada

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



El suramericano sub 20 de fútbol, que actualmente se juega en Perú, no ha hecho sino confirmar la pobre realidad de ese deporte en Colombia desde el final de la era (la década de 1987 a 1998, más o menos) en que la selección de mayores produjo entre nosotros algo así como orgullo y satisfacción de ver el tricolor nacional pasearse por cualquier parte del mundo sin temor a ser goleados, vapuleados…, humillados; pues, aunque es verdad que en aquel período no se ganó nada (terceros lugares en Copas América, la buena eliminatoria de 1993, la asistencia a tres mundiales consecutivos, y poco más), lo cierto es que aquella Colombia podía jugar contra cualquiera, y cualquiera respetaba a Colombia; tal vez no se ganaban todos los partidos, se perdía incluso, pero, de tal forma, que quedaba en el alma del aficionado la sensación de que el fútbol criollo iba creciendo, y con él, la dignidad nacional. (Hoy, por el contrario, las selecciones nacionales producen escozor). Porque no nos digamos mentiras: en países como el nuestro, donde, a nivel internacional, no se resalta por casi nada (que no sea la coca o la bala), el fútbol es el opio que nos permite seguir viviendo la ilusión de un mejor país, la tierra prometida del éxito, el sueño americano de la victoria sobre nosotros mismos, sobre nuestros males reales y despiadados…, la venganza. O mejor, si se quiere -usemos un eufemismo-: la revancha.

Sí, el fútbol es la oportunidad de tomar revancha de todas nuestras frustraciones colectivas, del dolor de perder, de ser fracasados consuetudinarios en las cosas que verdaderamente importan. No obstante, cuando llega la oportunidad, tenga: perdemos con Ecuador, con Venezuela o con Perú, es decir, caemos injustamente frente a equipos con los que no deberíamos, porque, en teoría, Colombia es más que ellos. Óigase bien: más. Es una desgracia fallar con un equipo de esos; mientras que perder con Argentina o con Brasil es lo más normal del mundo, pues Colombia "todavía" no ha alcanzado el nivel de estos equipos, que tienen calidad y tradición, y frente a los cuales el amarillo, azul y rojo, hay que decirlo, hay que reconocerlo, es menos. M-e-n-o-s. ¿Qué tal esta lógica?, ¿interesante? La verdad es que en Colombia nos creemos más que unos y menos que otros (dos caras de la misma moneda), y esa es -entre muchas otras-, una de las causas de la precariedad del fútbol mostrado en estos días por el equipo nacional sub 20.

Yo no sé si anoche Colombia derrotó a Bolivia, pero, aunque le hubiera metido siete goles a los mediterráneos, a mí, nuestro equipo, no me convence. Y no lo hace porque esta selección practica el mismo fútbol de un pasado lejano: pases de costado -y telegrafiados-, ataque intrascendente, lentitud defensiva, poco juego aéreo, toques temerosos e imprecisos, ausencia de definición, miedo, miedo…, en resumen: ausencia de convicción. Falta esa hambre de gloria que siempre ha caracterizado, digamos, a los equipos rioplatenses, los que, aun cuando en algunas oportunidades han tenido escuadras inferiores "técnico-tácticamente" han puesto lo que en Argentina llaman "mayonesa" (porque está hecha de huevos), o sea, voluntad, y han sacado adelante partidos, y hasta campeonatos, que, en principio, tenían perdidos. Nos falta (¿en el equipo de fútbol?, ¿en el país?, ¿en ambos?) un poco más de ambición. De la buena, claro está. Y es que -para no salirme demasiado del tema-, así como van las cosas, la gran oportunidad del Mundial sub 20 a hacerse en Colombia a mitad de año se va a desperdiciar. Pues la gracia de organizar un campeonato orbital, además de la consabida fiesta deportiva y del (en este caso, modesto) relumbrón de que puede gozar el país, es, por supuesto, ganarlo. Ganarlo, para situar al país en el mapa de este mundo globalizado. Sin embargo, parece que Lara y sus jugadores están pensando que, como están clasificados de antemano al campeonato que financiaremos, no hay mucho por hacer en este torneo de Perú, sino esperar Agosto y participar, eso, participar como equipo anfitrión y hacer que los extranjeros se sientan como en casa y blá blá blá, y que el Mundial lo gane Brasil o algún conjunto europeo, u otro que sea mejor que nosotros. Y los dirigentes federativos -a los que les importa un comino el fútbol que juega Colombia, siempre que puedan engañarse a la gente- con los bolsillos llenos a costa de las ilusiones del pueblo colombiano. Y todos contentos.

Pero, ¿acaso es tan importante para Colombia, dirán algunos, un simple campeonato de fútbol? ¿Será que Argentina, por ejemplo, dejó de ser un país subdesarrollado por el hecho ser una potencia futbolística?, se preguntarán otros. Debo decir que son cuestiones válidas. Yo contestaría a éstas y a otras preguntas exponiendo una sola idea, y que me condenen por bruto: así como Pambelé, en lo alto de su gloria, dijera, muy serio, que era mejor ser rico que pobre, diré con él, no sin emoción, que siempre será mejor ganar -algo, lo que sea, lícitamente- que perder.



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