Humanos y marranos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com



Corría el siglo XV, y España vivía ciertos episodios que, a futuro marcarían indeleblemente a nuestra sociedad. En 1491 se firmaba la rendición de los nazaríes de Granada, iniciándose así el proceso de expulsión de los moriscos que finalizaría en 1613, con el argumento de que ellos no se habían convertido realmente al cristianismo, tal como se les había ordenado: ¡herejía!, gritaba la "santa" inquisición.

El otro asunto fue el descubrimiento y posterior invasión a espada y cruz a tierras americanas en 1492, que termina por imponer la religión católica a los aborígenes y, después, a los esclavos africanos.

Por esos tiempos, en el Califato de Córdoba, libertario y tolerante, convivían sin problemas cristianos, musulmanes y judíos. Pero en los dominios de Castilla empezaba la discriminación hacia los judíos y cristianos conversos, a quienes se les atribuían desgracias como pestes, hambrunas, pobreza y guerras, "castigo divino por la presencia de esa raza deicida cuyo propósito era acabar con la cristiandad", explicaciones mágicas e imaginarias. Los reyes católicos de Castilla se sumaban a la revuelta antijudía iniciada en Europa Central, con la idea de que correspondía acabar a ese colectivo.

Se expidieron los estatutos de "limpieza de sangre" y otros documentos legales justificativos, mecanismos de discriminación legal hacia las minorías judías y moriscas, que exigían descender de "cristianos viejos" y no tener sus venas "sucias con sangre de marranos" (judíos).

Paradójicamente, esa "limpieza de sangre" proviene de la tradición judía: ellos vivían, y viven, a la defensiva frente al cristianismo desde su expulsión de Judea; esa comunidad se protegía así de desvanecerse ante las incitaciones o forzamientos a la conversión religiosa.

Aun cuando esos estatutos fueron rechazados por el Papa Nicolás V, alcanzaron gran difusión entre las autoridades españolas, y fueron pieza clave para la inquisición, que produjo la supuesta conversión de los judíos del Sefarad en católicos, o su expulsión de España y consecuente migración hacia América.

Para conservar los poderes económicos y sociales adquiridos en el Nuevo Continente, los primeros colonizadores utilizaron esos estatutos, impidiendo que los españoles ajenos a la nobleza pudiesen asentarse libremente en América, limitando también su emigración. Esos criterios discriminatorios se enquistaron en los colonizadores iníciales, principalmente aventureros y delincuentes, tránsfugas y gentes sin futuro, una especie de escoria social. Se completó la escena con la llegada de "nobles" y tropas enviados por la corona para mantener sus dominios en este lado del mundo. Para entonces, ni negros ni aborígenes tenían alma, y eran considerados apenas algo más que animales; los judíos y mestizos eran indignos, y así sucesivamente.

La tal independencia nuestra de España, que no libertad real, dejó poderosas castas sociales de abolengos imaginarios, tan arbitrarias como discriminatorias, de pensamientos tan arcaicos como los de la España del siglo XV, entre quienes priman conceptos tan medievales como perversos: lo vemos en las constantes persecuciones del procurador a las minorías, las declaraciones de Paloma Valencia frente a los indígenas del Cauca, las oposiciones cerreras a la terminación del conflicto, el acérrimo prohibicionismo atado a las políticas antieducativas, los derechos fundamentales trocados en negocios particulares, los nazis criollos (vaya paradoja…), el fundamentalismo fanático, y en los vociferantes insultos racistas de una mujer cartagenera (¿blanca de raza pura?) a un taxista negro ocasionadas por una leve colisión entre dos carros.

Hace algún tiempo, estando de visita en casa de cierto personaje, el anfitrión me exhibió orgulloso un certificado de pureza de sangre expedido hacia el siglo XVII en favor de uno de sus antepasados de línea paterna, diciéndome que su ascendencia es de sangre pura. Le respondí diciendo que yo sí tenía sangre judía en mis venas por mis bisabuelos paternos (posiblemente carbonarios y caballeros de la Orden de Malta) perseguidos en Italia por la iglesia católica luego de la reunificación y obligados a migrar, pero sobre todo, sangre criolla en abundancia, incluyendo guajira y africana, asunto que muy poco me desvelaba, y que me sentía muy orgulloso de todos mis antepasados.

Rematé diciéndole que él muy posiblemente compartía, igual que cualquier ser humano, más del 98% del genoma con los chimpancés, otro tanto con los marranos y, un 99,9% con los judíos, negros, orientales o indígenas. Luego de mi inmediata despedida, no hemos vuelto a conversar… ¿Se habrá quedado cavilando?



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