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En llamas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Mississippi Burning es una cinta norteamericana de 1988 que vi el otro día por primera vez en la que se ha recreado, con nombres cambiados, un episodio de junio de 1964 en el que tres activistas por los derechos civiles fueron muertos por fanáticos supremacistas del Sur gringo. Sería injusto decir que se trataba solo de un grupo de blancos borrachos e ignorantes: no estaban solos. Logró demostrarse judicialmente (en un tribunal federal, pues en el estatal no iba a pasar nada) la participación de autoridades policiales y políticas de la región en ese crimen, cometido contra dos jóvenes blancos y uno negro.
No estaban solos tampoco todos esos perpetradores, pues contaban con la secreta admiración de muchos de los locales blancos, en cuyas cabezas no cabía la idea de que a alguien en el liberal Norte se le ocurriera pensar que ellos maltrataban sistemáticamente a los negros: a tal punto era normal considerar que el orden natural de las cosas era ese y que, dentro de su lógica, no maltratar era dejar respirar a los de color, y que todo debería seguir como hasta ese momento. La película tiene éxito persuadiendo de la realidad de esa parte de la historia gringa, que, como ha sido palpable en los últimos días, está ligada al destino del resto del mundo, y especialmente al de los países de América Latina (me refiero a la legalización del matrimonio homosexual en la Unión, cuyos efectos jurídicos están por verse aquí, por ejemplo).
En algún momento del filme, uno de los protagonistas "buenos" se hace la siguiente pregunta frente a los homicidios y la opresión sureña: ¿por qué tanto odio? Es un cuestionamiento, en efecto, que resume todo el problema, y de cuya respuesta dependería una eventual solución a un escollo para la paz de los pueblos que no solo es político, ni jurídico, sino fundamentalmente humano. La contestación del otro protagonista, el otro "bueno", no desmerece, pues cuenta una descarnada historia de su familia desde la que concluye que el odio, en el caso del racismo, tiene su raíz en el deseo, consciente o no, de tapar con algo (lo que sea que produzca un sentido de superioridad inmediato) la propia mediocridad. Una suerte de compensación gratuita.
Si se pensara en soluciones a largo plazo para el veneno del racismo, y se diseñara, por ejemplo, una política pública que contuviera implícita la idea de que aquel que ataca a otro en razón de su raza en realidad no lo considera su igual porque, en el fondo, se siente muy poquita cosa en este mundo, seguramente aquella no tendría nada de éxito. Porque la verdad duele. Y porque es muy difícil decirla a la cara de alguien que no cree que esté haciendo ningún daño. En estos días veía en las noticias de los Estados Unidos a una señora blanca bastante mayor que, en una de las capitales del Sur, había salido a la calle con la bandera de la equis azul con trece estrellas blancas sobre un fondo rojo, orgullosa de su pasado, como lo estaban otros tantos, diciendo que ella no ofendía a nadie con eso, que ella no era racista, y que incluso su nuera era negra. ¿Cómo explicar, a quien no puede entenderlo, que la autodeterminación propia deja de serlo cuando impide la ajena? Y que para ello basta solo un símbolo de una época que todavía no termina, ni allá ni acá.