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Violación

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Fue una casualidad. Este lunes que pasó, "Día por la dignidad de las mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado", escuché unas cosas terribles. No supe qué decir ni cómo ayudar a olvidar. Solo me quedé callado ante el dolor, la humillación, la rabia y la desesperanza.

Porque esto último es lo que más acusa quien no ha terminado de encajar la desgracia de ser una mujer violentada en lo que más le importa. Ese día, largo como ninguno, mujeres que no conocía me contaban cosas que por primera vez desde lo ocurrido sacaban de sí.

Lo que se notaba era ese deseo de hablar, tan incontenible como incómodo: contar cómo había sido la vida desde ese entonces, cargando con un candado en el alma que impide el flujo de la libertad. En algún momento recordé que las mujeres necesitan ser escuchadas, y yo escuché.

La desesperanza es perder el coraje de volver a intentarlo pese al fracaso previo. Los hombres, para estas mujeres, suelen aparecérseles en imágenes borrosas que relampaguean entre parpadeos, confundidos con seres tan malignos como incapaces de despertar en ellas un mínimo de respeto.

Es como si el equilibrio sagrado entre los dos extremos que perpetúan la vida inteligente se hubiera roto para siempre en ellas. ¿Para qué creer en la mentira eterna de quienes parecen no tener madres? Supe esto sin que ninguna me lo dijera.

Me bastaba con mirarlas fijamente a los ojos y encontrarles allí un vestigio de miedo: algunas de ella me temían, me odiaban, pese a que hacía lo que podía por reducir mi voz al mínimo, sonreír sin hacerlo realmente, y atender para entender.

Después de todo, pensé, está en potencia dentro de cada uno de nosotros la violencia capaz de destruir, y no es difícil para nadie confundir el machismo con el hecho de ser hombre. ¿Cómo no podría una mujer a la que le han quitado la ilusión de ser protegida sentir descontrol cada vez que reconoce un simple rasgo de instinto que tal vez nada tiene que ver con una agresión? Pertenezco a la mitad de la humanidad que es más capaz de dañar, pero,

¿de qué forma puedo saber con certeza lo que inspira una aventura por el paisaje del Canto Quinto del Infierno, adonde van a parar los que no controlan su lujuria?: ¿cómo saber exactamente por qué un hombre viola a una mujer? ¿Hay, acaso, algún odio secreto hacia ellas por ser como son?, ¿miedo a su independencia, a su poder, a su frialdad recién adquirida?

Hace muchos años escuché a un tipo, que era el mejor estudiante de la facultad de derecho, decir que le parecía muy apetecible la idea de golpear a una mujer, pues ello le resultaba placentero de alguna manera.

Era muy joven todavía para saber que presenciaba una declaración de rencor contra quienes desde hace mucho rato no solo son capaces de hablar. Así se aprende a odiar temprano, entre hombres, a aquellas cuya tristeza que no espera nada es el peor castigo que podemos recibir todos los que no callamos a imbéciles amargados como aquel en el momento justo.



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