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Antes de la setenta y dos

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



Hasta hace un tiempo siempre me sentía conmovido cuando descubría una persona que no sabía leer o escribir, o las dos cosas. Imagínense no poder entender las ideas ajenas que requieren desarrollo en el papel, o no poder expresar las propias por escrito, todo en el idioma en que se habla desde niño, y que es además el único vehículo de pensamiento que se conoce.

Y pensar es vivir, como se sabe. De manera que, con algún fundamento, podría decirse que una vida no estará completa nunca sin ese aprendizaje que no por básico es fundamental y definitivo: cifrar y descifrar las grafías de los sonidos con que se apropia uno de la existencia.

No es que ahora ya no tenga una sensación de miseria (y como de extraña culpa) cuando descubro a algún anciano, y a uno que otro joven, que conserva intacta la inocencia de firmar un documento que otros han escrito y leído por él.

Lo que pasa es que últimamente, por cosas de trabajo, he presenciado más de cerca el drama de la pobreza rural en Colombia, de cuya superación dependen tantas cosas, como la reforma agraria tan temida, y tan lejana. Entonces uno como que empieza a aceptar las cosas como son.

Nada de eso, sin embargo, impide que me obsesione con cosas tan elementales como que, por ejemplo, la paz no podrá darse mientas haya gente que no puede vivir a plenitud porque no sabe escribir. Ni un solo colombiano debería estar privado del derecho a ser de verdad a través del alfabeto.

Una cosa ha llevado a la otra en mi conciencia, y he terminado por cabrearme en solitario al recordar la babosa expresión que he escuchado de algunas personas en la capital del país: "Bogotá empieza en la calle setenta y dos"; es decir, cuando la ciudad se transforma en el puro Norte, especialmente si uno está transitando por la Séptima.

Ahí se resume todo. Para mucha gente, el país debería agotarse en esa cosa reducida que es su vida cotidiana, y que tal vez ha reducido también su cerebro.

Es por eso que hay todavía personas que no han recibido el mínimo de instrucción en Colombia, como si viviéramos de verdad en la Edad Media. Pues qué esfuerzo puede ser razonablemente esperable de una sociedad para civilizarse a sí misma cuando la segregación es su propia norma no escrita.

Así, ¿cuál es ese país que está "antes de la setenta y dos"? Allá, amigos, está la República de los que no saben su propio número de cédula de ciudadanía, ni su fecha de nacimiento exacta, ni cuál es finalmente su nombre completo.

Se trata de un país, el pre-setenta-y-dos, en el que la gente pronuncia la palabra Co-lom-bia con la precaución del que no está muy seguro de saber si no la está embarrando. Es una nación virgen que no sabe que tiene derechos, ni mucho menos cómo ejercerlos.

Hablamos de un conglomerado de niños adultos que no han terminado de madurar como seres sociales porque no han podido, ellos, los que suelen no tener información sobre su estado civil (que va más allá de estar "soltero, casado o en unión libre"); esos mismos, quienes al llegar a una oficina pública, en serio lo digo, parecen ser invisibles.