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Ibargüengoitia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Twitter: @TulioRamosM



El hombre muerto en el accidente de tránsito aéreo, tan lejos de su patria como de su hogar, es cremado.

A la ceremonia de incineración llegan sus amigos, esposa y familia. Al finalizar, una urna es requerida para depositar en ella las cenizas, lo que queda de su humanidad ida. Nadie responde.

Al parecer, con el dolor de la partida, todos se han olvidado de comprar la famosa urna. Salen del crematorio a hacerse con algo, un recipiente, una tinaja, en la que echar transitoriamente los despojos de una vida. Hay algo perverso en la situación.

Ha fallecido en Madrid, en un avión que se estrelló en plena pista de Barajas cuando venía de París e iba a Caracas y después a Bogotá. Era mexicano y vivía en la capital francesa con su mujer inglesa.

El muerto era escritor, y García Márquez, el recién premiado colega que vivía en México, y que lo conocía en su obra y persona, le había insistido a su renuencia para que llegara a Colombia, a un congreso de escritores.

Era noviembre de 1983, el avión era uno de Avianca. Casi doscientos muertos, pocos sobrevivientes. Se dijo, en resumen, que la tragedia había sido causada por una falla "humana" de la tripulación colombiana, liderada por el capitán Tulio Hernández.

El escritor, llamado Jorge Ibargüengoitia, de Guanajuato, había nacido en enero de 1928. Tenía cincuenta y cinco años cumplidos. Llevaba el borrador de su último trabajo consigo, que fue consumido por la voracidad de las llamas asesinas. Toda la historia de su muerte parece escrita por él mismo, han dicho, y con razón.

Hace una semana hablaba yo aquí acerca de Stefan Zweig, autor refinado, virtuoso y sádico, profundo, definitivo, exquisito. Ibargüengoitia, que quiso ser ingeniero para complacer a las mujeres que conformaban su familia, era otra cosa.

Amigo de la simplicidad elocuente, de lo que logra crearse en su base para que así ello se cuente por sí solo en adelante, el hombre de sonoro apellido vasco escribió apenas siete novelas. He releído últimamente dos de ellas: Estas ruinas que ves y Dos crímenes. Mi conclusión, lógicamente parcial, es que se trata de una muerte, la suya, realmente dolorosa. Entiende uno por qué García Márquez lo respetaba.

En un fondo de humor sordo, imperceptible, perplejo, un humor que escapa a la tipificación incluso, Ibargüengoitia traza una delicada estructura de poder narrativo soportada en dos premisas que alcanzo a divisar personalmente: una, la construcción de una nueva gramática, de pausas y aceleraciones del mexicano hablado en el imaginario Estado del Plan de

Abajo, que no respetan normas de puntuación sino a conveniencia, como debe ser. Y, como complemento, esa primera persona del singular que usa para contar, que parece facilista, se muestra contaminada de la perspectiva omnisciente del narrador-dios, que todo lo sabe: pero apenas contaminada.

Cuando ese narrador-dios-personaje cuenta lo que piensa (que suena a revelación sin serlo), y después hace cosa distinta a la sugerida por sus palabras previas, medio engañando al lector, se produce entonces la gracia de la animación tan deseada: la independencia de lo que es imprevisible.

En un mundo de escritores más bien fríos, ilegibles, pero sobre todo, aburridos, el finado prematuro para el que no había urna funeraria, y que no quería venir a Colombia, es pura originalidad llameante.



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