Difícilmente habrá en el siglo XX un Presidente de Colombia, cuyas virtudes sean ampliamente reconocidas por nuestros compatriotas y también por los extranjeros, dado que su prestigio como gobernante salió de nuestras fronteras.
Su equilibrio en el manejo de la cosa pública, su cultura universal, su conocimiento de la gente, sus conceptos claros del Estado, su acrisolada honestidad, su recia personalidad, su sencillez y espontaneidad daban lugar a que todo el mundo desde el humilde campesino hasta el ciudadano más encumbrado, le tuviese no solo respeto sino aprecio, devoción, consideración, veneración y lograba por su liderazgo sentimientos de amor y de afecto.
En sus Consejos de Ministros, en todos los temas que se escudriñaban, él siempre quería que aunque no fuese de su cartera, cada uno de sus ministros participara y diera su opinión. En esas reuniones se auscultaban y analizaban los problemas. De esa manera y al final después de que los escuchaba a todos con gran atención y luego de haber hecho durante sus intervenciones algún dibujo, pues se concentraba haciendo figuras, por cierto de gran disposición, concluía felicitándolos y formulando o sugiriendo la resolución acertada y adecuada a la situación grave o medianamente compleja o al asunto simple que se examinaba pero todas las veces dando en el blanco. Sorprendía con sus profundas cavilaciones y decisiones que entre todos no habían podido vislumbrar.
Era un verdadero hombre de Estado, sin haber pasado por un claustro universitario, conocía sobre cada materia como si fuese experto en la misma. Además fue Doctor Honoris Causa de muchas universidades de Colombia y el exterior.
No ha habido en la historia latinoamericana y ciertamente en la nuestra un Estadista como Alberto Lleras, por ello se le denominaba el Estadista de Estadistas. Ninguno ahondó, conoció y escribió sobre la significación del Ejército en un Estado de Derecho. Admiraba y respetaba a los hombres de armas, sabía que era una profesión sui generis y que para ejercerla se requería de amor por la patria, vocación integral y formación universal.
Su discurso en el Teatro Patria siendo Presidente de la República en el año 1958 no solo fue memorable sino que debería ser la hoja de ruta que nuestros mandatarios siguieran para que Colombia fuese grande, respetada y libre. Dió una lección de lo que es y debe ser el fuero militar. Ahí sí cabe decir que esos eran mejores tiempos frente a aquello que estamos observando hoy.
A Berta su querida esposa Colombia le debe gratitud imperecedera, por cuanto lo alejó del ambiente bohemio que le gustaba y envolvía. Ella supo manejarlo en forma tal, que las mayores preeminencias que desde muy joven asumió, pudo desempeñarlas con responsabilidad, tino, moderación y prudencia. A ese respecto Alfonso López Michelsen en su evocación póstuma decía: "Berta Puga sería su compañera de todas las horas. Ella hizo de su hogar con Alberto el centro de gravedad de su vida de hombre público, rescatado del desorden y la indisciplina de la vida nocturna, propia del periodismo de entonces". Por eso se afirma que detrás de un hombre importante ordinariamente hay una gran mujer.
En ese mismo escrito López Michelsen quien fue su contradictor y con quien tuvo sus distanciamientos políticos y personales, afirmó: "Reunía, además, al lado de su autoridad moral por su desinterés, un sinnúmero de atributos para hacer una carrera pública sin par". "Contaba con una experiencia de la cosa pública que le permitía diagnosticar los más abstrusos problemas desde el punto de vista político, sin tener que comprometerse en cuestiones de carácter técnico". "No hacía de su pobreza un culto, pero el desinterés por el dinero era su timbre de orgullo íntimo y pocos colombianos saben hasta que extremos llegó su desprendimiento de las cosas del mundo". "Su nombre permanecerá siempre unido a los grandes episodios de la Colombia del siglo XX, y yo me atrevo a aventurar la hipótesis de que estos últimos 50 años quedarán cobijados con el nombre de "La era de Lleras". Entre 1930 y 1980 estuvo presente en el teatro de los acontecimientos en palco de primera fila". "Su consejo comenzó a ser solicitado en las más diversas circunstancias".
Sin que hubiese estudiado el derecho internacional, se destacó más que ningún otro colombiano en esa disciplina jurídica, sobre todo en las conferencias panamericanas y mundiales. Estuvo como primer Secretario de la OEA donde cumplió una labor, de tal naturaleza, que puso ese organismo en lo más alto del influjo en América Latina. Fijó derroteros, promovió la integración del continente y la inclusión de Latinoamérica en los programas de desarrollo de la postguerra.
Con Kennedy apoyó la Alianza para el Progreso y con Eisenhower el Banco Interamericano de Desarrollo. En 1943 ejerció como Embajador de Colombia en Washington. En 1945 se desempeñó brillantemente en su condición de Canciller y ayudó a crear la ONU.
Que extraordinario y que privilegio el que me proporcionó la vida por ser cercano y por ende conocer a este ser humano superior, a quién sin duda es el Presidente, Político, Diplomático y Periodista que más admiro y por lo mismo lo considero el paradigma del buen gobierno.
Alberto Lleras jefe de Estado y diplomático (III)
Columna de Opinión
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