El sancocho de pelícano

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: carlospayaresgonzalez@hotmail.com



Es bien patética la pequeña crónica de Carlos Varón, publicada en la Revista Jangwa Pana del Programa de Antropología de la Universidad del Madalena. Bien podría llamarse "la maldición de la pobreza".

Lo allí contado representa una deprimente resiliencia socioecológica ampliamente explicitada por la investigadora Sandra Vilardy Quiroga en un trabajo relacionado con la crisis por la que atraviesan el gran complejo lagunar de la Ciénaga Grande de Santa Marta y las comunidades palafíticas inherentes.

Lo que ha venido ocurriendo con el sistema socioecológico de la Ciénaga Grande es un grave y continuo deterioro (¿irreversible?) tanto del medio ambiente como de los sistemas sociales asentados a su alrededor.

Ambos componentes interactúan como un sistema integral/integrador bajo una lógica social que no debe ausentarse en tratándose de establecer políticas y estrategias para revertir los daños que allí se han venido ocasionando.

La Ciénaga Grande de Santa Marta constituye el complejo lagunar más importante del Caribe colombiano. Desde mediados del siglo XX se ha venido deteriorando dicha riqueza natural. Hasta el extremo la Ciénaga Grande no es, ni siquiera, una garantía nutricional para los grupos humanos asentados en sus orillas. Por el contrario, dichas comunidades develan cada vez más un deterioro económico y social.

Como lo dijo en alguna ocasión la columnista Salud Hernández: "Ciénaga y los alrededores tienen partes idénticas al África más miserable, con chamizos apiñados, rodeados de aguas estancadas, insalubres, basura por doquier, niños desnutridos, vestidos con camisetas raídas y descalzos". Lo que para algunos es un atractivo cuadro "pintoresco", para los analistas de la pobreza es algo similar a lo que ocurre en las comunidades del cuarto mundo.

Lo que ha mostrado el investigador Carlos Varón es la lamentable situación del cómo algunos habitantes de las riberas de la gran laguna hoy tienen que comer cosas que en un pasado inmediato eran inimaginables como parte constitutiva de su dieta terrenal.

Digamos que los lugareños se comen todo lo que se mueve. Un signo verificante de que la pobreza en la subregión se acentúa en vez de decrecer. Niños y jóvenes ponen trampas a las cada vez más finitas filas de pelicanos al igual como en antaño lo hacían sus abuelos con los peces. Las aves, una vez atrapadas en las levadizas redes, son apaleadas sin compasión para ser arrastradas a nado hasta la orilla donde les amputan las cabezas y alas. Los desechos constituyen un banquete sanguinolento para una perrería famélica al igual que los cazadores de pelicanos. Bajo esta tragicomedia adquieren sentido las palabras de Manfred Max-Neef cuando recalca sobre el potencial que representan los pobres dentro de cualquier proyecto a escala humana.

En realidad, el desarrollo social está más referido a las personas que a las cosas. Carencia y potencialidad siempre han ido de la mano. Es tan cierto lo que ha dicho el planificador que a pesar de que nuestro modelo social viene haciendo todo lo posible por "acabar" con los pobres, éstos, con su inventiva, han demostrado estar bien lejos de dicho propósito.

Simplemente, la gente, aún bajo la peor de las miserias, se inventa cualquier manera de sobrevivir. Por eso lo del "desmeche de pelicanos" es un indicador inapelable (así el Dane no lo reconozca) de que ciertos sectores de nuestra sociedad se empobrecen mucho más.

El resto del cuerpo de los pelicanos pasa a una oscurecida olla sobre un fogón de leña. Antes se debe descarnar el plumaje siempre poseído por una densa cantidad de ácaros y extirpar las vísceras fecundas de toda clase de parásitos.

Los pelicanos han terminado reemplazando a otras carnes que la miseria ha vuelto inaccesibles. El ave pasó de ser una figura decorativa en los salitrosos patios del paisaje a constituirse en un suculento plato, esta vez, absolutamente autóctono de la pobreza más marginal.

Pero la maldición no parece terminar. El padre de uno de los jóvenes cazadores de pelicanos reconoció que "la única ave que no nos comemos es el golero, pero si la situación sigue empeorando no dude que algún día nos lo comeremos".

También contó que en algunos restaurantes de Barranquilla los ricos terminan comiendo la misma dieta de los pobres lagunares cuando les "embuten", con artimaña Caribe, la carne de los pelicanos como carne de finos patos de la gran laguna. ¡De alguna manera tienen que pagar! Los pueblos de la gran laguna de la Ciénaga Grande de Santa Marta son una postal descarnada e hiriente de la pobreza.

Así sus escenarios aparezcan como cuadros simbólicos de cualquier himno patriotero. A los gobernantes nunca les ha pasado por la cabeza al menos sembrar copiosos árboles para que la gente no tenga que someterse al calor como si fuesen lagartos.

Una triste realidad de una gente que sobrevive en una tierra que está enferma. Unos pueblos con callejas repletas de agua y de mosquitos sanguinarios. Unos pueblos donde sólo pasa el olvido. Y de vez en cuando una esperanza. Porque la pobreza no es sólo pobreza. Es también una especie de "montañarrusa" emocional que desemboca en el pesimismo o el fatalismo.



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