Reír es mejor que llorar

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: carlospayaresgonzalez@hotmail.com



A raíz de la inundación de aguas de alcantarilla en buena parte de la zona urbana de Ciénaga se ha dado rienda suelta al humor popular que pone en vilo el papel del alcalde y devela la pésima prestación de los servicios públicos por parte de una empresa contratista.

Aunque todos los áulicos de todo gobierno se rasgan las vestiduras defendiendo a sus protectores, el pueblo siempre se reirá de los malos gobernantes.

Recientemente fue colocada una valla donde con doble sentido se fustiga a la figura del señor alcalde municipal por su extremada paciencia para tratar a los empresarios privados y, a su vez, por su displicencia en tratándose de la defensa de los intereses del pueblo que lo eligió y que dice impúdicamente representar.

En realidad, la idea democrática de que los de abajo "eligen" o "escogen" a sus representantes en el gobierno es de por sí algo hilarante.

Sin embargo, bajo esta idea, el pueblo se reserva el derecho de insultar o de burlarse de los funcionarios públicos cuando los cargos les quedan grandes. Y el peor insulto que un político que ocupe un cargo de "libre elección", o que un burócrata empedernido puede recibir, es el que el pueblo no los quiera y no los vuelvan a elegir. O les derroten a sus candidatos de preferencia.

Lo cierto es que en ciertas circunstancias buena parte de la gente reconoce que no sólo nuestros 'líderes' no son mejores que la gente común y corriente, sino que, en muchos casos, son peores. Es el momento en que nos preguntamos sobre las razones que han tenido para arrojarse voluntariamente en el remolino de la política: ¿con qué propósito? ¿Acaso para obtener poder, gloria, dinero o fama? Muchos tenemos la sospecha, tal vez errónea, de que, sea cual sea la razón, debe ser algo perverso. Algunos de nuestros políticos dicen estar motivados por una "Gran Visión", otros por un "Fervor Moral" por su pequeña patria y, otros más, por una "Ambición Feroz"; pero hay una cosa cierta: todos quieren trepar hasta el último peldaño de la resbaladiza escalera del poder para controlar las cosas, dar órdenes a los demás y abultar sus bolsillos. Nos guste o no.

De a momentos, el político o el burócrata se ve avocado muchas veces a cometer payasadas que terminan siendo caricaturizadas por la gente. Así, por ejemplo, la más popularizada forma de crítica social en la ciudad de Ciénaga está representada por una especie de humor político popular. En los desaliñados 'tertuliaderos' de los alrededores de la Plaza del Centenario siempre estamos echando toda clase de chistes sobre las truculencias de cualquier tipo de ilustre funcionario del llamado Palacio de Gobierno. De ahí que algunos coterráneos sugieran que la lengua es el órgano más eficiente de los 'críticos sociales' en Ciénaga. Se prefiere 'mamar gallo' que opinar seriamente sobre lo que sufrimos. Esta manera de 'inercia carcajeante' endémica nos sirve de profilaxis terapéutica. De catarsis. O como lo dice el viejo refrán: 'reír es mejor que llorar'.

Un ventarrón de farsa omnímoda de origen oficial sopla sobre el terruño. Casi todas las posiciones que se asumen por buena parte de nuestros 'representantes' son, intrínsecamente, falsas. Los esfuerzos más notorios de los malos gobiernos están destinados a huir del propio destino, a cegarse ante su evidencia, a evitar el careo ante lo que debe y tiene que ser.

Como en alguna ocasión dijo Ortega y Gasset: "se vive humorísticamente en las sociedades deterioradas, y tanto más cuanto más trágica sea la máscara adoptada. Hay humorismo donde quiera que se viva de actitudes revocables en que la persona no se hinca entera y sin reservas.

De ahí que nunca como ahora estas vidas sin peso y sin raíz (deracinées de su destino) se dejan arrastrar por la más ligera corriente. Es la época de 'las corrientes' y de 'dejarse arrastrar'. Casi nadie presenta resistencia a los superficiales torbellinos que se forman en arte o en ideas, o en política, o en los usos sociales. Por lo mismo, más que nunca, triunfa la retórica de los estafadores".

En una sociedad descalabrada, como presumo a la cienaguera, es cierta forma de fortuna que aún nos empecinemos en reír para no convertirnos en un cúmulo de seres afligidos.

Lo cierto es que toda clase de realidades -por descompuestas que sean- son caricaturizadas por los improvisadores de la sorna, de la burla y del sarcasmo. Muchas de estas caricaturizaciones hilarantes (entendidas por muchos como 'brillantes') han llegado a ser parte de la pequeña historia cultural.

Sin embargo, esta manía socarrona puede convertirse en un arma de doble filo que termina minimizando la gravedad de las circunstancias. La mirada reflexiva sobre los hechos queda, muchas veces, reducida o reemplazada por los meros apuntes del momento que deslegitiman cualquier crítica profunda.

Con el ingenioso chiste o burla no siempre se incide positivamente sobre la realidad, dado que esconde los pensamientos más complejos sobre la realidad misma. La gente termina burlándose en vez de reflexionar y tomar conciencia sobre nuestros desaciertos y descalabros. Confundimos casi siempre el reír con el burlarse. Porque donde no hay razones para seguir amando es mejor pasar de largo.



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