El efecto Petro

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Escrito por:

Juan Echeverry Nicolella

Juan Echeverry Nicolella

Columna: Purgatorio

e-mail: juanecheverry@hotmail.com

Twitter: @JPEcheverry



El descontento con la administración de Gustavo Petro en Bogotá es generalizado. Los capitalinos creen que su alcalde ha incumplido las promesas de campaña y lo cierto es que hoy la ciudad más importante de Colombia tiene el índice de ejecución más bajo de todo el país. La ciudad pide a gritos obras públicas que empiecen a solucionar sus problemas, pero el alcalde tiene respuestas tan desafortunadas como que no construye nuevas vías porque se llenan de carros.

Las cifras de seguridad, movilidad y medio ambiente dan vergüenza. La gota que derramó la copa en el caso Bogotá sucedió esta semana con el cambio de modelo de recolección de basuras impuesto por la administración. Se dice que el alcalde Petro todo lo improvisa y en este tema lo demostró. Le quitó los contratos a las empresas que recogían las basuras eficientemente para que los recicladores - sin la infraestructura necesaria - pudieran competir con ellas.

El resultado fue un desastre: los señores recicladores no fueron capaces de recoger las basuras en toda la ciudad. En el primer día de la operación la otrora Atenas Suramericana se convirtió en el relleno sanitario a cielo abierto más grande del mundo.

Por eso un grupo de ciudadanos del común, representantes de la misma sociedad que lo eligió, están promoviendo el movimiento de la revocatoria del mandato al burgomaestre. La revocatoria de mandato a los alcaldes existe en nuestra Constitución y en nuestras leyes. Los ciudadanos colombianos tenemos pleno derecho a hacer uso de ese mecanismo cuando creamos que las administraciones de esos dirigentes no van por buen camino.

Aunque en la historia de Colombia no ha prosperado nunca una revocatoria de mandato de ningún funcionario, sí tenemos historia de pésimos administradores públicos: corruptos e incapaces se han dado el lujo de controlar a su favor nuestras ciudades desde siempre.

Las condiciones para revocar el mandato de Petro en Bogotá están dadas. Pero el efecto que generará no se concentra sólo en los límites de la capital. Debe trascender hacia todo el territorio nacional. La revocatoria de Bogotá es un ejemplo para los malos alcaldes de toda Colombia: si no se pellizcan y generan verdadero desarrollo en sus municipios, los ciudadanos ya sabremos qué mecanismo utilizar.

Debemos apoyar también la revocatoria del mandato de Gustavo Petro desde nuestras regiones. Primero, para que tengan temor nuestros gobernantes y se obliguen a cumplir sus planes de gobierno a través de políticas públicas responsables.

Segundo, porque la alcaldía de Bogotá es el segundo cargo político más importante de nuestro país y seguramente quién ejerce sus funciones queda enseguida propuesto como candidato presidencial. Que se entienda claro: así como tenemos el derecho político de elegir, tenemos el de revocar el mandato. Y no creo que los colombianos queramos un mal administrador, inepto e ineficaz, como Gustavo Petro en la Presidencia de la República.

El efecto Petro que debe extenderse por todo el país, es también importante para la reflexión de nuestros modelos democráticos de participación. Al ex guerrillero Petro no lo eligieron la mayoría de los bogotanos como su representante. Recordemos que ante la división de los demás candidatos, le permitieron al actual habitante del Palacio de Lievano elegirse con una pobre minoría.

Eso hubiera sido imposible en una elección Presidencial. Para esos casos se estipula la elección en segunda vuelta que obliga a los candidatos a hacer coaliciones desprendiéndose de sus deseos personales para que el país pueda elegir en mayorías y darle verdadera legitimidad al nuevo gobierno.

¿Si eso es así en las elecciones presidenciales por qué no en las de alcaldes? ¿No es acaso una incoherencia en nuestro sistema electoral que vale la pena reformar?

Ñapa: Hay quienes creen que las elecciones valen mucho dinero y que puede ser mejor invertido esos recursos. De acuerdo, pero recordemos que lo más costoso de un proceso electoral es no elegir bien. Un mal gobernante nos cuesta cuatro años de atraso, improvisaciones a punta del presupuesto de todos y un peor futuro para nuestros hijos.



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