Los paralelos son obvios y es difícil no reconocerlos. El ascenso de Trump a su segunda presidencia, y el fenómeno de Abelardo, El Tigre De la Espriella son similares. Trump antes de ser presidente, además de hombre de negocios, era una personalidad de televisión con su programa The Apprentice, y por su lado, Abelardo ha hecho gala de su vena artística grabando varios discos, y sabiendo pararse en un escenario a seducir su público. Esto les dio a ambos una ventaja inmensa a la hora de conectar con las multitudes. Es un carisma que no se improvisa.
Así mismo, el ascenso de estos dos outsiders ha encontrado muchos obstáculos. A Trump lo calumniaron, le fabricaron testigos falsos, intentaron quebrarlo, le hicieron varios impeachments en su primer mandato, lo denunciaron con casos fraudulentos, le robaron la elección de 2020, tres intentos de asesinato, toda la prensa y el poder financiero global en su contra, todo Hollywood con sus celebridades, activismo judicial evidente, y, aun así, no pudieron evitar que le diera una monumental paliza a Kamala Harris. Algo similar está sucediendo con Abelardo; han desactivado planes para asesinarlo, el activismo judicial trata de callarlo a como dé lugar, toda la prensa y la farándula progresista lo atacan y difunden desinformación, y por último, el señor Cepeda, experto en montajes judiciales lo ha denunciado ante la Fiscalía y la CPI; curiosamente, quien debería estar respondiendo ante la ley es el señor Cepeda, y solo basta recordar los computadores de Reyes.
¿Por qué el ataque visceral y despiadado? Trump creó un movimiento, Maga, que se ha extendido por todo el mundo, incluyendo America Latina, y Abelardo está plenamente identificado con ese movimiento. Se considera movimiento porque sus raíces y su fuerza son la gente común, y no las maquinarias ni el establecimiento. En mi opinión, lo que está sucediendo es mucho más que un movimiento: es una contrarrevolución cultural. El estatismo progresista y secular con todos sus símbolos y convencionalismos fue incapaz de mostrarse como una alternativa razonable a todo lo que hemos construido durante milenios sobre los pilares judeo-cristianos. La contrarrevolución en marcha es una reacción contra el anticristianismo progresista y una lucha por restablecer el cristianismo como base y fundamento de nuestras sociedades, y de la mano de estos, los valores judeo-cristianos de familia, orden y respeto a la ley; es un tatequieto al avergonzarse por tener valores tradicionales o ser exitoso o ser blanco. Un tatequieto a la falsa compasión y al premiar delincuentes y perezosos, y también un tatequieto a las fronteras abiertas. Es evidente que hay culturas incompatibles con los valores de Occidente y por lo tanto es imposible la convivencia pacífica con ellos; un no al suicidio cultural.
Realmente, estamos en medio de una batalla espiritual de grandes proporciones, cuyo frente principal es la cultura. Si pueden cambiar la cultura, les queda más fácil cambiar el resto.
Estoy convencido de que Trump ganó porque Dios lo eligió para liderar y pelear su guerra, y como suele suceder, le coloca muchas pruebas y vicisitudes para demostrar que contra Dios nadie puede; todo el poder humano es inocuo ante la voluntad de Dios. Y por esto las victorias de sus elegidos son de no creer. La victoria de los imposibles. Es que a Dios le gusta chicanear.
Todo parece indicar que Dios ha elegido a Abelardo para que lidere en Colombia la contrarrevolución, y si este es el caso, no habrá poder humano que impida que Abelardo gane el 21 de junio y sea el próximo presidente de Colombia. Y la victoria sería solo el comienzo de una gran batalla. Y si Dios quiere que el mal siga jodiendo un rato más, tampoco habrá poder humano que lo impida, y Cepeda ganará. Lo reconfortante, es que ya conocemos el final del Libro, y en éste el Bien gana.