La visita que el papa León XIV realizó a Barcelona para bendecir la gran torre central de Jesucristo, coincidiendo con el centenario de la muerte de Gaudí, el 10 de junio, vuelve a situar a la Sagrada Familia en el centro de la atención internacional, un templo inacabado que recibe entre 14.000 y 15.000 personas cada día.
Hace dieciséis años fue consagrada por Benedicto XVI en 2010 y con ello el edificio dejó de ser únicamente una obra artística en construcción para convertirse también en un templo litúrgico y activo. Ahora la visita de su sucesor, León XIV para bendecir la torre central de Jesucristo, marca otro momento histórico.
La ceremonia -el pasado 10 de junio- coincidiendo con el centenario de la muerte de Gaudí, culmina una de las etapas más importantes de una construcción iniciada hace 144 años y que aún no puede considerarse completamente terminada.

No es la conclusión definitiva del edificio, pero sí la culminación de una de las ideas más ambiciosas concebidas por Gaudí: levantar una montaña artificial de piedra, luz y geometría en el corazón de Barcelona.
Pocas construcciones modernas han generado una relación tan compleja entre arquitectura, religión, técnica y tiempo como la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona.
No es únicamente un templo es todo un experimento constructivo de larga duración, una investigación geométrica convertida en piedra y una reflexión sobre la naturaleza llevada al límite de las posibilidades arquitectónicas.
Comenzada en 1882 y todavía en construcción más de un siglo después, la obra más famosa de Gaudí constituye un caso prácticamente único en la historia de la arquitectura occidental: un edificio concebido por un solo creador, ejecutado por varias generaciones posteriores y desarrollado durante tres siglos distintos.

El proyecto que Gaudí heredó y transformó
La Sagrada Familia no nació originalmente como creación de Gaudí. El proyecto comenzó bajo la dirección del arquitecto Francisco de Paula del Villar, que había diseñado un templo neogótico relativamente convencional. Sin embargo, tras desacuerdos con los promotores, Villar abandonó las obras en 1883 y el joven Antoni Gaudí asumió la dirección del proyecto. Aquella sustitución cambió para siempre la historia de la arquitectura.
Gaudí conservó inicialmente algunos elementos de la idea original, pero pronto reformuló el conjunto por completo. Lo que debía ser una iglesia neogótica se convirtió en una obra radicalmente distinta. El arquitecto catalán entendía que los estilos históricos habían agotado sus posibilidades. Su intención no era copiar la arquitectura medieval, sino "descubrir las leyes geométricas presentes en la naturaleza y trasladarlas a la construcción".
Durante más de cuarenta años trabajó obsesivamente en el templo. En la última etapa de su vida abandonó prácticamente cualquier otro encargo para concentrarse exclusivamente en la basílica. Vivía en el propio recinto, dentro del taller de obras, y convirtió el edificio en la síntesis de todas sus investigaciones estructurales, simbólicas y religiosas.

Inspirada en la naturaleza
La aparente extrañeza de la Sagrada Familia no responde a un deseo de extravagancia. Todo lo contrario, Gaudí rechazaba la decoración arbitraria. Su objetivo era construir siguiendo las mismas leyes que organizan el crecimiento de los árboles, las montañas, los huesos o los cristales minerales.
Las columnas interiores funcionan como troncos que se bifurcan. Los techos recuerdan la estructura de un bosque. Los hiperboloides, paraboloides y superficies regladas que aparecen por todo el edificio no son simples recursos ornamentales, sino soluciones matemáticas destinadas a distribuir mejor las cargas.
Lo que Gaudí vio construido
Cuando Gaudí murió atropellado por un tranvía en junio de 1926, apenas llegó a ver completo una pequeña parte de su proyecto. Menos de una cuarta parte del edificio. Sin embargo, esa parte era fundamental.
Terminadas estaban la cripta, el ábside y gran parte de la fachada principal o del Nacimiento, con sus cuatro torres, es decir la fachada considerada la más fiel al pensamiento del arquitecto. Y es que la fachada del Nacimiento constituye probablemente el mejor testimonio directo de la visión gaudiniana.
La destrucción de los planos
Uno de los acontecimientos decisivos en la historia del templo ocurrió tras el estallido de la Guerra Civil española. Tras el estallen julio de 1936, grupos anticlericales incendiaron la Sagrada Familia y asaltaron el taller donde Antoni Gaudí había trabajado durante décadas. El fuego destruyó gran parte de los planos, dibujos, fotografías documentos y maquetas de yeso que contenían las claves para completar el templo.

La pérdida fue especialmente grave porque Gaudí desarrollaba muchas de sus ideas mediante modelos tridimensionales más que a través de planos convencionales.
‘La obra va lentamente porque mi Cliente no tiene prisa’ dicen que respondía Gaudí cuando le preguntaban por la lentitud de las obras. La cita aparece recogida por discípulos y colaboradores de Gaudí y ha sido reproducida en numerosas fuentes históricas.
El porqué de la tardanza de las obras responde a una combinación de factores históricos, técnicos y económicos. En primer lugar, la Sagrada Familia nació como un templo expiatorio, es decir, financiado exclusivamente mediante donaciones privadas. Durante décadas los recursos fueron escasos e irregulares.
En segundo lugar por las interrupciones provocadas por conflictos políticos, especialmente la Guerra Civil que destruyó documentación esencial y obligó a reconstruir parte del proyecto desde cero.
También influyó la enorme complejidad técnica del diseño. Muchas de las soluciones imaginadas por Gaudí eran difíciles de ejecutar con la tecnología disponible a comienzos del siglo XX por lo que algunas sólo se han podido desarrollarse totalmente mediante herramientas informáticas contemporáneas, modelado tridimensional y fabricación digital de elementos estructurales.
«La obra humana no puede superar la Divina; por eso la Sagrada Familia tendrá 170 metros de altura, tres metros menos que Montjuïc.» una frase atribuida a Gaudí que es especialmente significativa porque explicaría el potente simbolismo que emana del proyecto.
Y aunque no lo parezca, en este caso, el turismo ha sido uno de los grandes motores del avance de su construcción. Los millones de visitantes anuales han proporcionado durante las últimas décadas una financiación que permitió acelerar las obras.
De la idea original a la actual
El proyecto completo concebido por Gaudí contempla dieciocho torres. Doce representan a los apóstoles. Cuatro corresponden a los evangelistas. Una está dedicada a la Virgen María y la más alta simboliza a Jesucristo.
Cuando Gaudí murió sólo estaban terminadas las cuatro torres de la fachada del Nacimiento. Hoy ya se han construido 14 de las 18 previstas y la torre de Jesucristo, culminada recientemente, alcanza los 172,5 metros de altura, convirtiéndose en el edificio religioso más alto del mundo.
Aún quedan por concluir algunas torres menores y, sobre todo, la monumental fachada de la Gloria, considerada la entrada principal del conjunto.
Por Amalia González Manjavacas (Historiadora del Arte)
EFE Reportajes