¿Cuánto cambiamos?
Cada cuatro años hay un Mundial y, con el, una marca en la vida. Una especie de estación en el tiempo que me invita a pensar en lo distinta que era mi existencia hace uno, dos, tres o incluso cuatro mundiales atrás. Hoy, con el espejo retrovisor de la memoria, resulta inevitable preguntarme cuánto he cambiado y reconocer las transformaciones que hemos experimentado. Algunas fueron planeadas; otras, simplemente, producto del juego de la vida, que suele llevarnos a lugares que jamás imaginamos y, al mismo tiempo, alejarnos de aquellos que desde niños creíamos destinados a habitar.
Recientemente vi el juego de la vida, documental del cineasta colombiano Andrés Ruiz. La obra pone rostro humano a las cifras estadísticas a través de relatos de superación, sueños truncados y resistencia familiar en distintas regiones del país. Apoyada en la Encuesta Longitudinal Colombiana (Elca) de la Universidad de los Andes, la película documenta por qué salir de la pobreza en Colombia suele tomar varias generaciones y analiza cómo las oportunidades están lejos de distribuirse de manera equitativa.
La vida tiene formas extrañas de revelar sus caminos. Hay quienes se mantienen firmes en sus decisiones y persisten hasta alcanzar sus sueños. Otros, en cambio, no logramos recorrer el camino que habíamos trazado y terminamos descubriendo rutas inesperadas. Durante catorce años, Andrés Ruiz visitó diversas familias a lo largo del territorio colombiano, en geografías y contextos sociales profundamente distintos. Resulta sorprendente observar cómo, con cada nueva visita de la cámara, aparecen nuevos integrantes en los hogares, los niños crecen, los adultos envejecen y las circunstancias no cambian.
La película también deja entrever problemáticas estructurales que siguen marcando el destino de millones de personas. Entre ellas, la falta de políticas efectivas de educación sexual, un factor que incide en la reproducción de ciclos de pobreza. Los mismos recursos deben repartirse entre más personas y llega un punto en que simplemente no alcanzan. Sin embargo, El juego de la vida no se limita a mostrar las dificultades: también retrata la dignidad, la belleza y el tesón de los colombianos de a pie, que con enormes esfuerzos logran superar condiciones iniciales adversas para ascender en la escala social a través del trabajo, el estudio y la perseverancia.
La película evidencia con claridad que, en Colombia, la movilidad social sigue siendo una tarea pendiente. Salir de la pobreza implica, para muchas familias, un proceso que puede extenderse durante varias generaciones. Existen factores como la suerte, el azar y las decisiones individuales, pero el camino resulta mucho más complejo de lo que suelen admitir ciertos discursos. Narrativas como la meritocracia absoluta pierden fuerza cuando se observan las profundas desigualdades de origen que condicionan las oportunidades de millones de personas.
Y, aun así, hay algo que permanece cierto: el cambio es la única constante. Como ya lo había anunciado Heráclito hace más de dos mil años, nadie se baña dos veces en el mismo río. Tampoco somos los mismos después de cada Mundial, después de cada derrota, después de cada sueño cumplido o abandonado.
No dejen de ir al cine. No dejen de conocer esta maravillosa obra de arte que, más allá de las estadísticas y los indicadores, nos recuerda que detrás de cada cifra hay una vida, una historia y una lucha que merece ser contada.