¿Opositor o enemigo?

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

e-mail: vivesg@yahoo.com

Al colombiano promedio le cuesta distinguir en la arena política entre opositor y enemigo. Normalmente se confunden las dos cosas, e incluso se llega al extremo de creer que son lo mismo. Esta confusión es dañina para la democracia.

El tema surge porque el país está atravesando por un período de polarización en donde, por ejemplo, la gente no sabe si Uribe es opositor de Santos. En el Magdalena y en Santa Marta esta polaridad no solo se vive a nivel político-administrativo sino que ha trascendido a los medios de comunicación.

Por la importancia del cuarto poder en las sociedades, es prudente saber que es lo que son, y así determinar que tanta credibilidad merecen.

Hay varios elementos que permiten discernir cuando estamos frente a un opositor o a un enemigo. El primero, es la objetividad. Al margen del estilo con que se ejerza la oposición, su fundamento es siempre objetivo, es decir, la oposición es producto de diferencias ideológicas o filosóficas, mientras que la enemistad es eminentemente subjetiva.

La oposición tiene fines "altruistas" y pretende ayudar a construir, incluso cuando se hace destructivamente. De aquí surge, que la oposición es sana en las democracias porque ayuda al gobierno de turno a considerar ópticas distintas a la propia; y es aún más útil si logra hacerse dentro de un debate civilizado y un diálogo fluido entre los contradictores.

Por su parte, el enemigo solo quiere destruir a su enemigo y todo lo asociado con el. No tiene interés alguno en construir una sociedad mejor. No lo animan sentimientos altruistas sino un odio visceral y una agenda personalista. Esto conlleva a que no haya diálogo ni debate civilizado sino recurrencia permanente a los insultos y ataques. Cuando se ataca al gobierno es para hacerle daño al gobernante.

La oposición se caracteriza por ser razonada, aunque no necesariamente imparcial. La malquerencia difícilmente lo es, y cuando se atreve a intentar camuflarse como oposición, recurre a razonamientos acomodados y llenos de malevolencia. Es decir, la interpretación que el enemigo hace de los hechos es tan torcida, que no es posible concluir que sea objetiva y sanamente argumentada.

Otra diferencia fundamental es que mientras los opositores se respetan mutuamente porque reconocen el valor de debatir entre ellos, los enemigos se irrespetan cada vez que pueden.

Lo dicho hasta el momento nos lleva a concluir que Uribe, lícitamente, no es ni puede ser opositor de Santos porque están en la misma orilla ideológica y programática, aunque con diferencias menores. Así lo han considerado altas personalidades del país, y hasta expertos de la cosa política como J. J Rendón. Si Uribe no es ni puede legítimamente ser opositor de Santos, ¿entonces qué es?

Preguntas semejantes deben formularse en el Magdalena y Santa Marta los protagonistas actuales de nuestro discurrir político. Cuando disienten, los asambleístas y concejales deben preguntarse si son opositores de la Administración o enemigos del mandatario. Lo que sea que son, es lo que determina su comportamiento en la colectividad.

Pero quizás donde se necesita más claridad es en los medios, ya que hoy, algunos, se han convertido en dispensadores de justicia exprés. Los periodistas deben cuestionar si lo que dicen o escriben es ejercicio legítimo de la oposición, o simplemente un ataque al enemigo.

Digo lo de los medios, porque a veces se leen y se oyen cosas, que a todas luces son venganzas personales que no deberían trascender al lector. Claramente contravienen la ética del periodista, y nos llevan a pensar que así como el hábito no hace al monje, la licencia no hace al periodista. A la larga esto termina dañando al mismo medio, que tarde o temprano termina por perder credibilidad.

Ser dueño de un medio de comunicación no es licencia para llevar a cabo vendettas personales valiéndose del medio. Precisamente, ser dueño obliga a actuar con mucha prudencia y contención. El medio debería estar al servicio de los intereses de la comunidad.

Aquellos que disienten, deben formularse varias preguntas: por qué lo hacen, si hay necesidad de hacerlo y si es útil. Así sabrán si son opositores o enemigos. Solo los opositores merecen credibilidad.