Ganar y perder

Columnas de Opinión
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La cultura de la competencia en Occidente nos ha llevado a creer que solo existen dos formas de habitar el mundo: la de los ganadores y la de los perdedores. A esto se suma el modelo que promueven las redes sociales y los mass media, donde abundan las vidas perfectas de personas que viajan por el mundo, se levantan a las cinco de la mañana, ya han corrido diez kilómetros antes del desayuno y, además, dirigen multinacionales. Pero sospecho que la vida no funciona exactamente así.

Esta semana, mientras Colombia quedaba eliminada del Mundial y la Selección perdía un partido, los titulares hablaban de una "derrota histórica". Como suele ocurrir, muchos periodistas asumieron el papel de francotiradores, disparando críticas desde la comodidad de una cabina o de un estudio de televisión. En medio de ese ruido recordé una frase que, en Colombia, terminó convertida en motivo de burla, pero que, a mi juicio, encierra una enorme sabiduría: "Perder es ganar un poco."

Cuando Francisco Maturana la pronunció, muchos la interpretaron como una vía de escape para justificar la derrota del momento. Desde entonces ha sido objeto de chistes flojos y de innumerables memes. Sin embargo, la experiencia termina dándole la razón: en la vida se pierde muchas más veces de las que se gana, y tanto los triunfos como las derrotas son profundamente efímeros.

En un Mundial solo un equipo levanta la copa. Miles de selecciones, jugadores y aficionados regresan a casa sin el título. Algo similar ocurre en el fútbol profesional: de los cientos de miles de niños que cada fin de semana juegan con la ilusión de convertirse en futbolistas, menos del uno por ciento llegará a debutar profesionalmente y, de ese pequeño grupo, apenas uno por generación alcanzará la categoría de genio. En la nuestra fueron Lionel Messi y Cristiano Ronaldo; la de nuestros padres tuvo a Diego Maradona y, antes, a Pelé. Pero solo existe un Messi.

Y está bien que así sea.

No todos podemos ser el delantero estrella. También hace falta quien juegue como defensor central, volante de marca o arquero. Como en el fútbol, la vida necesita maestros, vendedores, oficinistas, médicos, conductores, artistas y tantas otras personas que sostienen el mundo sin ocupar los titulares. Incluso, a veces, también toca esperar en el banco la oportunidad de entrar al partido.

Medirnos todos los días con el exitómetro de las redes sociales o con los estándares de quienes parecen tener una vida extraordinaria es un camino seguro hacia la frustración. Solo hay un Messi; los demás habitamos el pequeño lugar que la vida nos ha confiado, con nuestras luces y nuestras sombras. Comprenderlo quizá nos permita vivir con más serenidad y descubrir que la existencia no es una carrera de velocidad, sino una prueba de resistencia, donde también vale la pena detenerse, mirar por la ventana y disfrutar el paisaje.

¿Por qué tendría que ser una obligación llegar primero? Está bien llegar segundo, tercero o último. Incluso está bien no aparecer en ningún ranking. La industria cultural ha convertido los mundiales, las carreras, los reinados y tantas otras competencias en escenarios donde parece que el único valor posible es vencer. Pero quizá esa no sea la única lógica disponible.

En la competencia siempre serán más las veces que perdamos que aquellas en las que ganemos. En la cooperación, en cambio, todos aprendemos y todos encontramos una forma distinta de avanzar.

Tal vez por eso perder también sea ganar un poco. Porque en cada derrota habitan aprendizajes que hacen de la siguiente experiencia una oportunidad para crecer. Al final, la vida no consiste en acumular victorias, sino en disfrutar la trama, recorrer el camino y comprender que tanto los triunfos como las derrotas pasan. Lo verdaderamente importante es seguir andando, sin dejar nunca de caminar.

Columna: opinión email: alejandrorangelsalamanca@gmail.com

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