Cómo ganar el Mundial

Columnas de Opinión
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La eliminación del equipo colombiano en el Mundial del fútbol hace pensar automáticamente en las razones inmediatas para ello, las más evidentes. Suele concluirse muy rápido que, a pesar de tener juego ofensivo, y con ello llegar cerca de las áreas contrarias, no tenemos una buena definición frente al arco rival en el momento de la verdad (como también carecemos de puntería en la tanda de penaltis subsiguiente a un empate inevitable).

Habrá, desde luego, quienes contemplen la existencia de circunstancias subyacentes al problema: deficiente formación técnica de los delanteros, que, sin embargo, no fallan igual en sus elencos de Europa; excesiva presión de la afición, que al principio ayuda, pero después no tanto; e, incluso, un nerviosismo heredado de la historia violenta del país. 

Cada cual tendrá sus explicaciones. No obstante, hay un tema difícil de digerir, por pesado, que podría arrojar luz sobre esta leche derramada sobre la que no vale la pena llorar. Es posible, ¡oh, gloria esquiva!, que la respuesta sea mucho más simple y menos tolerable, que no la veamos con claridad porque el patriotismo nos enceguezca, y que apenas estemos llegando a un descubrimiento enriquecedor con el tiempo (sí: perder es ganar un poco). Entonces, la verdad que libera acaso sea que Colombia no cuenta con jugadores que vayan más allá de la capacidad de patear bien el balón en situaciones relativamente favorables, y que cuando se hace forzoso imponer la personalidad para vencer (la claridad, el coraje, la serenidad), se noten las costuras que en otros no son tan aparentes. 

Hace ocho años, después de la amargura equivalente a la de hoy que dejó Rusia 2018, escribí en estas mismas páginas algo, por desgracia, parecido. Recuerdo haber especulado, tras la eliminación ante Inglaterra, también por penaltis, que los nuestros podían haberse visto superados en aquella ocasión por estar a merced de las diferencias de calidad de vida que, desde la infancia, tienden a determinar mayor o menor seguridad personal entre los futbolistas de los países participantes. Se trata, lo admito ahora, de una tesis endeble, que se cae cuando los muchachos de las barriadas de Brasil o de Argentina derrotan a los bien nacidos europeos, hasta en su terreno, y aunque esa excepción se presente cada vez menos. Dicha premisa, claro, puede ser fuente de más preguntas. 

Ahora bien, todo se resumiría al final en el mismo problema planteado inicialmente: por causa sabida o ignota, en nuestra tierra crece, sobre todo de manera silvestre, un jugador menos competente en las instancias superiores, si se lo compara con el de latitudes ajenas, algunas de ellas ubicadas en la vecindad suramericana. ¿Tendrá esto que ver con el atraso nacional en los procesos de desarrollo humano? Nadie puede afirmarlo sin antes haberlo estudiado, pero es una posibilidad lógica. Después de todo, el fútbol no deja de ser reflejo del bienestar cotidiano. Suiza, un equipo tan marmóreo como una transacción bancaria, pudo tramitar el vaivén de Colombia hasta forzar el resultado positivo, a pesar de la energía, ruido y color de los suramericanos. En 2018, los ingleses ya lo habían resuelto similarmente. Al margen de todo esto, la vida insiste en repetir las lecciones hasta que se aprenden.

Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com Twitter: @TulioRamosM