En Santa Marta tenemos el mar, la Sierra Nevada, la historia y una belleza natural que parece imposible de competir. Tenemos postales perfectas, turismo permanente y el privilegio de vivir en una de las ciudades más hermosas de Colombia.
Porque mientras nosotros tenemos el mar, ellos tienen algo que mueve mucho más que turistas: tienen identidad convertida en poder económico, político y cultural. Tienen el Festival de la Leyenda Vallenata, una de las fiestas culturales más importantes de Colombia y, sin exagerar, un evento que pone a Valledupar a la altura de cualquier gran cita de magnitud internacional.
Durante una semana, Valledupar deja de ser solo la capital del Cesar para convertirse en el epicentro nacional. Allí llegan empresarios, ministros, gobernadores, congresistas, artistas, inversionistas y medios de comunicación. Las decisiones importantes, los encuentros estratégicos y las conversaciones de alto nivel pasan por esa ciudad.
No es solo música. Es influencia.
El Festival no representa únicamente una celebración folclórica; representa una plataforma de desarrollo económico real. La capacidad hotelera se copa por completo, los restaurantes trabajan al máximo, el comercio se dinamiza, el transporte aumenta su demanda y miles de empleos directos e indirectos se generan alrededor del evento.
Cada acorde de acordeón también suena a ingresos, a oportunidades y a posicionamiento de ciudad.
Mientras tanto, Santa Marta con todo su potencial, muchas veces parece no haber logrado convertir su riqueza natural en una gran bandera cultural de impacto nacional sostenido. A pesar de múltiples intentos, no se ha logrado consolidar una celebración que trascienda verdaderamente del entusiasmo local. Seguimos teniendo fiestas que, en su mayoría, convocan principalmente al samario que ama profundamente su tierra, pero que no consiguen atraer de forma masiva al turismo nacional ni convertirse en un verdadero motor de desarrollo económico, y que en muchos casos hasta para el mismo samario es solo unos días cívicos para descansar.
No se trata de falta de cariño por la ciudad, porque eso sobra de muchos. Se trata de visión, de ejecución y de entender que un gran evento no se mide solo por la tarima o por el artista invitado, sino por su capacidad de transformar la economía, proyectar una imagen sólida y dejar resultados concretos.
Muchas veces, después de las celebraciones, lo que queda no es una ciudad fortalecida, sino calles sucias, desorden, poca derrama económica real y una sensación repetida de oportunidad perdida. Hoteles sin ocupación extraordinaria, comercio sin un verdadero impulso diferencial y una agenda que rara vez logra poner a Santa Marta en el centro de las decisiones empresariales o políticas del país.
Peor aún, en varias ocasiones hemos terminado siendo noticia nacional no por la grandeza de nuestras festividades, sino por la polémica: desfiles pasando en medio de aguas negras, improvisación institucional, contratos exagerados para artistas musicales, cuestionamientos sobre el cumplimiento de requisitos en la contratación pública y escenas que generan más vergüenza que orgullo.
Mientras Valledupar exporta prestigio, organización y poder de convocatoria, nosotros muchas veces terminamos exportando titulares incómodos. Y ahí es donde la comparación duele más.
Porque Valledupar entendió algo fundamental: una ciudad no se posiciona únicamente por lo que tiene, sino por lo que logra construir alrededor de su identidad.
Ellos no tienen mar, pero tienen una marca poderosa. No tienen playa, pero tienen una tradición que convoca al país entero. No necesitan vender paisaje porque supieron vender pertenencia. Y eso vale oro.
Tal vez la lección no sea envidiarlos, sino aprender. Entender que el desarrollo no siempre viene de los recursos naturales, sino de la capacidad de convertir la cultura en estrategia, orgullo y economía.
Valledupar no solo celebra un festival: celebra una visión de ciudad. Que viva el Festival Vallenato, porque más allá de la música, representa lo que una ciudad puede lograr cuando entiende el valor de su identidad, protege su cultura y la convierte en motor de desarrollo.
Y ojalá algún día en Santa Marta dejemos de mirar con envidia y empecemos a mirar con visión. Que aprendamos que no basta con tener belleza natural; hay que saber transformarla en orgullo colectivo, en oportunidades reales y en una ciudad que se piense en grande.
Porque el mar siempre estará ahí. Lo que hace falta es la decisión de construir una fiesta y conmemoración que esté a su altura.
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