Cuando la evidencia estorba

Columnas de Opinión
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Decía Chesterton que llegaría el día en que habría que desenvainar una espada para demostrar que el pasto es verde. Uno pensaba que era una exageración literaria, una de esas frases bonitas que sirven para citar en conferencias y nada más. Pero no. El día llegó.
Hoy vivimos en una época curiosa. La gente que empieza una consulta diciendo “yo no soy médico” termina diagnosticando, tratando y cobrando como si hubiera pasado diez años en una facultad de medicina. Lo más sorprendente no es que exista, sino que tenga más validez social que un profesional de la salud.

Pasa lo mismo con la nutrición. Quien nunca estudió metabolismo, ni bioquímica, ni clínica, te explica con absoluta seguridad qué debes comer, cuándo ayunar y hasta cómo “resetear” el cuerpo, mientras el nutricionista que sí estudió parece sospechoso por el simple hecho de tener un diploma y no quererte vender una tonelada de colágeno en polvo.

En el mundo emocional la escena roza el realismo mágico. Aparecen celebridades con más divorcios que álbumes musicales explicando cómo construir relaciones estables y sanas. La multitud escucha, asiente y comparte, mientras el sentido común se queda sentado en una esquina mirando el espectáculo en silencio.

Pero lo más inquietante no está solo en las redes ni en la farándula, sino en el poder. Cuando desde la más alta investidura de una república se explica la muerte de un niño por falta de medicamentos diciendo que el problema fue que lo dejaron montar bicicleta, uno intenta mantener el respeto por la pluralidad y la democracia. Sin embargo, hay momentos en que el silencio no es prudencia sino asombro. Porque, carajo…

Entonces aparece la pregunta incómoda. ¿Cómo llegamos hasta aquí?

Tal vez la respuesta no esté en un solo gobierno ni en una sola ideología. Tal vez el problema es más profundo. Hemos validado tantas incoherencias pequeñas que ya no nos sorprenden las grandes.

Aceptamos que cualquiera sea experto. Aceptamos que la evidencia estorbe. Aceptamos que la emoción pese más que la verdad. Aceptamos que el discurso sustituya la realidad. Cuando todo eso se vuelve normal, elegir mal deja de parecer un accidente y empieza a parecer consecuencia.

La advertencia no es solo política, sino cultural. No se trata únicamente de quién gobierna hoy, sino de qué estamos dispuestos a aceptar como verdad mañana.

El verdadero peligro no es que alguien quiera cambiarle el color al pasto. El verdadero peligro es que un día tengamos que discutir, en medio de una tarde de frías, si dos más dos siguen siendo cuatro o si ahora toca aplaudir que alguien diga que son cinco.

Ese día, decía Chesterton, habrá que desenvainar la espada. Más vale ir recordando desde ahora de qué color es el bendito pasto.
Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com